COLUMNA | Albo, mi viejo amigo

En medio del receso por clasificatorias, hay algo que me falta. Mis fines de semana no están completos. Ese algo, es ver en la cancha a 11 caciques luchando por hacer feliz a más de la mitad del país.

Autor | Rodrigo Gallegos

Imagen: Ferplei

¿Cómo empezó este amor, primero al fútbol y luego a Colo-Colo? Fue un largo proceso. Aprendí a caminar persiguiendo un balón de fútbol. Luego, aunque me cueste reconocerlo, me puse una camiseta azul, con una herradura roja en el pecho. Así, estuve yendo a la escuelita de fútbol de aquel equipo.

Mi primera vez en el estadio fue, justamente, a ver a ese equipo. Mi tío, hincha acérrimo de Colo-Colo, con mi abuelo, hincha azul, me llevaron a la semifinal de la Libertadores de 1996. Universidad de Chile versus River Plate. Yo tenía 3 o 4 años de edad. Lo único que me acuerdo de ese día, fue mi llanto ante los fuegos de artificio que los azules lanzaban.

Luego fui creciendo, me cambié de casa (justo atrás del estadio más lindo del mundo) y mi tío se encargó de hacerme hincha de Colo-Colo. Me contó sobre la historia, la Copa Libertadores del ´91, y me llevaba todos los fines de semana al estadio. No importaba si hacía calor, frío, si llovía, si había viento. Siempre me tomaba en sus hombros y partíamos corriendo al estadio porque era habitual su impuntualidad. Hacía lo imposible por entrar; más de alguna vez compró a revendedores porque no habías más entradas. Crecí viéndolo a él como fumaba y fumaba en el estadio sufriendo y disfrutando con nuestro equipo.

También entré a la escuela de fútbol de Colo-Colo. Ahí más me enamoré de este equipo. Me sentía parte del club. Tuve la fortuna de recibir medallas en manos del Chano Garrido, conocer a mis ídolos como el Rambo Ramírez, Murci Rojas y Lucho Mena e incluso tuve la oportunidad de jugar en la cancha principal con la jineta de capitán de mi equipo. Ahí, sentí que el valor de Arellano se metió en mi sangre y que siempre estuve destinado a vivir este amor.

Seguramente, el año 2002 ha sido uno de los más tristes. Colo-Colo es declarado en quiebra. Sin embargo, este debe ser el momento en que la sangre araucana inundó a todo el plantel y demostraron un amor incondicional a esta camiseta blanca con un indio en el pecho. Eduardo Lobos, Lucho Mena, David Henríquez, Miguel Aceval, Rodolfo Madrid, Riffo, Chamagol, Fierro, Nacho Quinteros, Mario Cáceres, Cabezón Espina, Marcelo Pablo Barticciotto, Manolete Neira, Raúl Muñoz, Marcos Millape, Principiano y Huaiquipán, nos enseñaron qué es el amor y que Colo-Colo estaba antes que cualquier cosa. Aquí tomó con más fuerza el “de atrás pica el indio”.

Con el tiempo, debido a diferentes circunstancias, me fui alejando del estadio. Pese a esto, mi amor hacia el Popular nunca se fue. Vinieron derrotas feas, como por ejemplo la final con Cobreloa, pero siempre viene una luz de esperanza. Así, llegó el 2006. Nadie sospechaba lo que iba a ocurrir con esa generación de jugadores y con el Bichi Borghi. Un tetracampeonato inédito en el fútbol chileno que tuvo su punto máximo en la Copa Sudamericana del 2006.

El hincha no es el que más va al estadio, sino el que siente el amor por su equipo de manera tal que a veces se escapa de control; cómo explotar de felicidad después de un gol o cómo llorar desconsoladamente (como David Henríquez) tras perder esa final ante Pachuca.

Me considero un albo de tomo y lomo. No solo porque vivo las victorias del equipo con mucha alegría, sino también porque sufro con las malas rachas. Cómo olvidar esa sequía de títulos que se tuvo antes de lograr la 30. Técnicos vende humo, danza de refuerzos nefastos, Blanco y Negro que hacía lo que quería con las personas (que hace lo que quiere). Sin embargo, ahí estuvimos los hinchas, los de verdad, estoicos ante las burlas de los demás, las constantes frustraciones y tratando de justificar lo injustificable.

Hoy, después de la 30, se ha vuelto un poco a la normalidad, se ha peleado todos los torneos, se ganó la 31 y se está peleando el actual campeonato. La deuda seguirá siendo la Libertadores. Pero pase lo que pase, cueste lo que cueste, estaré pegado frente al televisor o sentado en la tribuna vibrando con cada segundo de juego.

Nadie sabe lo que depara el futuro futbolístico del club. Me quedan muchos años por seguir a esta locura llamada Colo-Colo. Pero hay algo asegurado; lo único que sé es que este amor nunca se acabará, pase lo que pase, porque así es el amor a un amigo, a un viejo, querido y eterno amigo.

Gracias a Colo-Colo por todo lo que me ha dado y por ser el Eterno Campeón. Y recuerden: “En las canchas, como Colo-Colo no hay”.