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Autor | Javier Contreras
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No sé cuando el futbol empezó a ser tan importante en mi vida, pero si sé cuando comenzó mi amor por el cacique. Fue una tarde de mediados de los ochenta, yo diría que fue el 87 ya que el 88 es el año de mi primer álbum de fútbol, donde ya esperaba con ansias llenar el sexto equipo donde aparecían los que llevaban al indio en el pecho. Mi padre filosofo al no ser hincha de ningún equipo, nunca me forjo amor por alguna camiseta en especial y esa fue la oportunidad que vio mi tío para transformarme a sus colores llevándome al estadio Sausalito. Eran otros tiempos donde todos los hinchas entraban juntos, se entremezclaban y luego tenían libre paso hacia los distintos lugares del estadio. Por suerte mi tío, que forjó una familia evertoriana, no contaba con el adolescente rebelde que era mi primo mayor, que con su alma de guerrillero se emocionaba con los cantos y las banderas contra el régimen, que por esos años eran normal en la naciente garra blanca. Everton aventajó el lance y la barra viñamarina estaba contenta, cosa que a mí no me llegaba a parar los pelos. Luego llegó el entretiempo y como si se tratara de una maldad mi primo me pide que lo acompañe al baño, en el camino tomamos un desvío que de un momento a otro nos inserta en un carnaval albinegro donde los cantos, banderas y bombos alentaban para dar vuelta el marcador, el hecho de hacer algo prohibido por mi tío empezaba a emocionarme. Como si el destino estuviera escrito estalla el empate entre nosotros y los abrazos se multiplican quedando atrapados por ese sentimiento que me hizo felicitarme con gente que nunca había visto, para llevarme al éxtasis cuando llegó el segundo de los albos que confirmó el dicho que yo aún no conocía, de atrás pica el indio. Volvimos a donde mi tío y sus contertulios sólo eran capaces de burlarse del pelo teñido de Simaldone que entró en el segundo tiempo para abrir la cancha, pero que según ellos, ciegos en su derrota, solo importaba su cuestionada virilidad.

Por suerte y como si el destino estuviera escrito, segunda vez que digo estas dos cosas, se sale campeón el 89, con una base fuerte donde destacaban Morón, Garrido, Vilches, Pizarro, un joven Barticciotto y un jugador exquisito como lo era Sergio Díaz, que no tuvo problema con salir goleador en un equipo donde arriba estaban Dabrowsky y Salgado. El 90 llega el croata Mirko Jozic y produce una revolución comparada, con una lejana historia para mí en ese momento, que fue la llegada de Plakto. Todos tienen que correr, siendo beneficiados los jóvenes stoppers Margas y Ramírez, pero también perjudicando al negro que además tuvo que lidiar con la llegada del heredero de Salgado y Zamorano en Cobresal, Rubén Martínez. Después del bicampeonato tuve la suerte de que en el momento donde vivía mi idilio preadolescente con el equipo de Macul, pude ver a un equipo de ensueño en la calidad de juego y logros. Morón ya era un patrón con los tres de atrás que tenían muy claras sus funciones, Mendoza por derecha, Pizarro por izquierda y Vilches en el equilibrio, un adelantado Espinoza (creación de Mirko), para terminar arriba con punteros como Yañez, Barticciotto o Luis Pérez y dos depredadores como eran Dabrowsky o Martínez. Todo esto se sellaba con una joven banca que parecían perros encadenados a la hora de saltar a la cancha en forma de refresco. Tricampeonato y el primer título internacional a nivel de clubes para nuestro país, era un sueño. Y afortunada mente el sueño siguió con las llegadas de Rubio, Borghi, Adomaitis, Etcheberry, Vega, Baena y tantos otros.
Por si fuera poco, en mi adolescencia y paso a la junventud, viví el Colo-Colo de Benítez que por poco no fue tan importante como el de Jozic. Luego el de Borghi, que vino a revitalizar la alegría que había mantenido el campeonato en la quiebra. También me puedo dar el gustito de imaginar al «Chuflinga» despejando con un pelotazo o al «Chamaco» metiendo un tiro libre o al «Chino» apilando rivales, o más atrás a Luis Hernán Álvarez o al «Colo-Colo» Muñoz o al «Tigre» Sorrel o al «Gringo» Robledo o al mismísimo Don David Arellano dando cátedra en los principios que debía tener alguien allegado a esta institución.

Sé que soy uno de esos hinchas nacidos en la gloria alba que tanto molesta a sus contrincantes, pero no por eso soy menos incondicional o enfermito como dicen por ahí en un popular programa de radio on line dedicado al club de mis amores. Soy de los que mira al equipo de hoy y se pregunta dónde está la calidad de los planteles de antaño, pero ante todo soy un amante de la historia escrita y por escribir de esta linda institución. Soy uno más de los tantos que se han influenciado y por sobre todo alegrado, gracias al Cacique.
















