|COLUMNA| Soledad en pieles ajenas

DESDE ESPAÑA CON AMOR

Autor | José Luis Pena

Una vez más me presento ante ustedes iniciando mi columna semanal como es norma en mí, esto es, lanzando al aire los cuatro saludos de rigor marca de la casa (disculpen mi modestia), consistentes en:

  • -Enviar un afectuoso saludo a cuantas almas y espíritus albos pueblan este mundo;
  • -Recordar en la distancia a mis compañeros de viaje cuya estación central se encuentra en @SomosChileRadio y @DaleAlbo;
  • -No olvidar a cuantas personas cohabitan conmigo aun residiendo en esferas diferentes;
  • -Con una mención especial de gratitud por ese grupo de corazones que me apoyan con su lectura, apoyo que me da fuerza y vitalidad para continuar con mi tarea.

La columna de de esta semana gravitará sobre una persona bien conocida por ustedes. Dicha persona atiende al nombre de Pablo Guede, que circunstancias de la vida, lo emparejaron con el devenir de Colo-Colo.

No es momento de levantar monumentos, no. Demasiado pronto para ello. Tampoco es hora de echarle en cara cuanto se sufrió hasta hace bien poco, no. Y menos ahora que las cosas parecen funcionar.

Entonces la pregunta que seguramente os estéis haciendo ahora mismo es la siguiente: ¿qué nos va a decir de Pablo Guede el abajo firmante si no lo va a elevar a los altares, ni lo va a crucificar por los malos tiempos vividos?

Gran pregunta, ya no sólo por el tamaño (debo odiar de manera inconsciente lo conciso, breve y escueto) sino también por el misterio que genero en ustedes. Misterio, por otra parte, que suelo resolver pronto para pasar acto seguido a explayarme de forma abierta y sincera sobre los puntos que yo estimo son actualidad (o no), casi siempre en referencia a Colo-Colo o la Chile futbolística.  

Quisiera, tras este prolongado preámbulo (no tengo remedio, lo sé) intentar dar una vuelta de tuerca más a temas y cuestiones por mi planteadas a lo largo de todo este tiempo. No soy persona que busca la superficialidad de las cosas. Me gusta escarbar y arañar la parte lisa de la realidad. Hurgar en las heridas abiertas (si las hubiese) sin el propósito de buscar el ensañamiento.  Siempre proclamando una verdad (que no tiene que ser dogma, ni parecerse en nada a los pensamientos de ustedes) vista desde otro ángulo.  

Voy a iniciar un extraño viaje consistente en introducirme en la piel de Pablo Guede desde que arribó a las tierras de Colo-Colo hasta el presente. Para ello utilizaré como billete lo experimentado por uno mismo en esta azarosa vida, amén, claro está, de lo observado y estudiado.

No es una cuestión de empatía. A Guede ni a mí nos une vínculo alguno, pero si algo aprendí en esta vida (a través del estudio y la observación minuciosa), es del comportamiento del ser humano en cuantas situaciones se ve inmerso. Y juro que nuestro DT ha pasado por momentos muy precarios durante sus primeros pasos en la casa alba.

FUERZA Y CARACTER

Que Pablo Guede es una persona fuerte en lo anímico me quedó claro desde el mismo instante que aguantó la presión sufrida tras un inicio errático de Colo-Colo. En su fuero interno sabía perfectamente donde se metía a la hora de aceptar el encargo de entrenar al equipo más laureado de Chile. Con un bagaje escaso como director técnico se arriesgó a cerrar puertas de cara a un futuro si las cosas no salían como lo proyectado en sus sueños.  

Si bien es cierto que se la jugó tomando las riendas del conjunto albo, también fue consciente de las ventanas que se le podrían abrir en caso de triunfar. Un dilema que solo el tiempo resolverá. Un regate al presente, bien para no volver tras un enorme fiasco, bien para hacerse un nombre de cara al futuro.  

Pablo Guede se nos presentó como un entrenador renovador, de ideas claras de cual era el concepto de fútbol que proponía y deseaba poner en práctica, que no es otro que el de dar espectáculo, dominar todos los aspectos del juego e imponer una jerarquía perdida. Consciente del salto mortal sin red que estaba emprendiendo, intentó desde un primer instante implantar su personalidad ante una plantilla que pareciera acabada tanto en lo futbolístico como en lo físico y moral.

De carácter ganador, Pablo Guede, que de tonto no tiene un pelo, lo primero que pidió a la hinchada alba fue paciencia. Por un lado nos dejó claro que la plantilla disponible no fe confeccionada por él y, que debido a la falta de pretemporada era posible que tardara en buscar las teclas del éxito.

¿Se cubrió las espaldas? Posiblemente si, pero en su subconsciente latía la esperanza de poder dominar los problemas que se le pudieran venir encima en caso de que las bondades del fútbol le dieran la espalda. Conocedor del medio y de los vaivenes de este deporte, transmitió un sentimiento de seguridad en sí mismo y en su método que tod@s aceptamos de buen grado.

Como hinchas y seguidores del cacique vimos las puertas del cielo abrirse de par en par tras la llegada de aires nuevos y renovadores. Pero como suele suceder, cuanto mayor es la ilusión puesta más fuerte es el batacazo que te llevas si todo se cae a pedazos. Empezando por el propio Guede.    

TRABAJO Y PERSEVERANCIA

No empezaron bien las cosas para nuestro nuevo y flamante entrenador. Todos y cada uno de los conceptos e ideas que pretendía implantar se perdían por los sumideros de las derrotas. La jerarquía pretendida era devorada por planteamientos un tanto suicidas en función de un  plantel escaso en respuestas efectivas.  

Aparecieron palabras como vértigo para definir el caos reinante. Intentó explicarnos a su manera que bajo ningún concepto variaría un ápice sus planteamientos, tanto en los entrenamientos como en la disposición táctica puesta sobre el césped. De su boca nacieron, después de tanta derrota, expresiones como “error y ensayo” para inculcarnos lo profundo de su trabajo.  

Incluso se permitió licencias que tal vez a otros entrenadores jamás se las permitiríamos. Nos convidó a asistir a los entrenos para así comprobar el esfuerzo que llevaba a cabo en pos de buscar el equilibrio necesario. La presión le empezaba a pasar factura. No admitió de buen grado cierto tipo de críticas. Pablo Guede, trabajador y perseverante él, veía como el mundo se le agolpaba a los pies al no poder transmitir a sus jugadores cuanto les proponía.  

Los resultados (auténtica espada de Damocles para un entrenador) y un juego que dejaban mucho que desear, hicieron que se atrincherara en posturas inadecuadas. Ya escribí en su día sobre las impresiones que me causaron ciertas ruedas de prensa ejecutadas por Guede. Fueron momentos de zozobra para él ver todo su trabajo puesto en cuestión.

Midió mal los pasos. Se dejó llevar por la desesperación y tras ello surgió la soberbia y la prepotencia. Entabló una guerra fratricida contra la prensa y los medios de comunicación. Todas las preguntas le incomodaban. Se sintió acorralado, rodeado y cercado. No entendió en su momento tanto ataque feroz y decidió, consciente o inconscientemente, tirar por la calle del medio, ese espacio repleto de socavones y hoyos que terminan por engullirte.   

Menos mal que supo rectificar a tiempo. Se liberó de unos malos pasos que de seguro le harían tropezar. Una vez fuera de tanta batalla inútil y estéril le alcanzó el tiempo para seguir con su trabajo diario y su perseverancia para mejorar el rendimiento de un equipo venido a menos.

DE LA FRUSTRACIÓN A LA ESPERANZA

Cuando alguien siente en su interior los latidos de la frustración es la hora de una ruptura dolorosa entre lo esperado y anhelado y la realidad existente. El sentirse frustrado cuando estimas que todo tu trabajo y esfuerzo merecen una recompensa mayor que la recibida, nos hace instalarnos en la impotencia, en la rabia y la ira.

En la soledad de casa, alejado de todas las miradas, Pablo Guede de seguro deshojó la margarita entre si continuar en pie o abandonar un barco encallado en pleno arenal. Cuando la desesperación y el cólera golpean las puertas de tu bienestar la mente, traviesa ella, te impide estar centrado y en armonía.

Se ha de ser muy fuerte mentalmente para soportar cuantos latigazos te propina unos sentimientos tan insidiosos. La ira generada fortalece el debilitamiento interior. Te hace dudar de cuanto haces. Tiende a construir puentes que se derrumban con solo respirar. Crean una ruptura de los ideales dando la sensación de estar viviendo en un castillo de naipes. El sentimiento de derrota se apodera y te agarra tan fuerte que te convierten en una especie de monigote en manos de algo intangible pero con el suficiente poder como para dejarte KO.

En algún momento, Pablo Guede, sentado en su sillón favorito o estando delante del televisor (son tan solo dos posibilidades) se percató de que tenía que seguir siendo fiel a su idea de trabajo, no permitiendo que el derrotismo le venciera. Supo girar y esquivar al desánimo y fortaleciéndose mentalmente tomó el camino de proseguir con sus proyectos iniciales.

Con la calma instalada de nuevo y convencido de que la única manera de salvar los muebles era continuar con el trabajo emprendido tiempo atrás, las distracciones que le alejaron de sus objetivos, se retiraron. Guede es una persona segura de sí misma. Acérrimo defensor de que únicamente con trabajo y esfuerzo se pueden alcanzar las metas deseadas, se propuso revertir una situación que le estaba sobrepasando y de rebote a todo el mundo albo.   

No fue sencillo sobrellevar ver a Colo-Colo en el puesto número 15 de entre 16 oponentes. Tanto Guede como la plantilla tomaron nota de lo mal que se estaban haciendo las cosas. En algún instante, encerrados probablemente entre las cuatro paredes del vestuario, nació un conjuro colectivo para solucionar cuanto antes una situación cuanto menos atípica.

Acortando días de vacaciones por Fiestas Patrias y utilizando los parones de las fechas FIFA (con el añadido de disponer de toda la plantilla al no ser requerida la presencia de ningún jugador albo para selección), el trabajo se intensificó al modo que Pablo Guede deseaba.

Ahora, después de cuatro victorias consecutivas (imposible saber por mi parte el resultado del partido de vuelta por Copa Chile antes de que este trabajo salga al aire), la esperanza regresó para espero no abandonarnos más. Que el fútbol dicta cosas extrañas es sabido por tod@s. A una mejora en las prestaciones de los jugadores y la determinante idea de un Pablo Guede convencido de su trabajo, debemos añadir lo ajustado de un Apertura’ 2016, cuyo desenlace estuviera escrito por el mejor guionista de películas de suspense.  

DE AHORA EN ADELANTE  

Colo-Colo opta a todos los premios disponibles, incluido un regalo que la CONMEBOL obsequió a Chile. El camino trazado en el ideario de Guede se empieza a clarear. Es lo más probable que sigamos sufriendo frenazos y que la última palabra surja de las endemoniadas reglas de un deporte que no atiende a razones.

Todo cambió en cuatro partidos. Igual a nuestro DT se le pase por la mente el pensamiento de “ni antes éramos tan malos ni ahora somos tan buenos”, pero su cabeza sabe que la cosa van por esos derroteros. Él creyó desde un primer momento que cuanto estaba haciendo era lo correcto. Supo cambiar la mentalidad de un grupo humano a base de insistencia, y porque no, rectificando y amoldándose a las circunstancias reinantes.   

Dicen que rectificar es de sabios y Pablo Guede por fin compendió y se lo hizo saber a la plantilla de que algunos de sus conceptos no eran viables dado el cuadro de jugadores disponibles. Una de las reglas de oro con que se maneja el fútbol consiste en no trastocar la idiosincrasia de un equipo, salvo en casos puntuales, que pudieran dar al traste con todo un buen trabajo.

Y pongo un ejemplo a modo de ilustración. Guede o cualquier otro entrenador cometería un error garrafal intentando establecer un equipo con predominio en el juego de contragolpe si no se tiene los elementos necesarios.  Dar forma a un determinado estilo de juego requiere un previo conocimiento del plantel disponible. No puedo (y sigo con el ejemplo) inculcar una idea de contragolpe si tengo jugadores lentos cuya transición atrás-adelante a velocidad de vértigo les es imposible aplicar.

En el cuaderno de bitácora de Pablo Guede surgieron tachones. Se dibujaron nuevos esquemas intentando no desmembrar en demasía el rumbo por él iniciado. Fomentó un espíritu colectivo  al mismo tiempo que trabajó el aspecto físico. Si algo nos está enseñando nuestro míster es de su capacidad de sacar lo mejor de sí de cada jugador.

Un cambio de formas y actitudes que a la postre se ven reflejados en una dinámica positiva, tanto en resultados (estos a veces suelen ser engañosos) como en el juego desplegado por los muchachos albos. Entre un trabajo serio y el paulatino aprendizaje a que la plantilla está siendo sometida nació la bendita hora de poder incrementar unos sueños que se estaban convirtiendo en una losa.

Los grilletes de un pasado reciente lleno de dudas e incertidumbre quedaron relegados (por el momento) a un estado de abandono. De Guede y sus chicos dependen que esos grilletes se llenen de óxido olvidados en el armario del fracaso. Atrás debieran quedar los nervios propiciados cuando todo sale mal; ratificaciones de continuidad por parte de quienes nos gobiernan; la sensación de ahogo nacida por la impotencia y los discursos escapistas que fluyen cuando no se sabe explicar muy bien que diantres está ocurriendo.

Ahora que la hinchada alba vuelve a sonreír. Ahora que los engranajes en la plantilla empiezan a carburar. Ahora que Pablo Guede respira nuestro mismo aire de esperanza. Ahora que los acontecimientos le dieron la razón y a cuantos confiamos en su labor, es cuando lo peligroso asoma de verdad.

Paradójico pero real. El traslado de la intranquilidad en estado puro a estadios de bienestar y confort en tan poco espacio de tiempo tiende a fomentar un curioso estatus, consistente en mirarse el ombligo dando por hecho que los problemas se resolvieron. El desgaste emocional y mental, que propicia al mismo tiempo, un cansancio físico y un decaimiento en lo moral cuando las cosas no salen como lo inicialmente previsto, hace que en ocasiones levantemos el pie del acelerador.

De dar por válido las mejoras efectuadas y dejarnos transportar por una sensación de falsa tranquilidad tras cumplir lo pactado con nosotros mismos, nos conduce irremediable a regresar a las fuentes que originaron el malestar. En sí mismo, es una trampa mortal.

Pablo Guede lo debe de saber. Es un tipo ganador, listo (en el buen sentido) que recién empezó en este desconcertante mundo del fútbol.  Es buen alumno y como tal está aprendiendo rápido que no siempre confluyen en el mismo camino deseos y realidades. Que la paciencia es la reina de la ciencia. Que el trabajo bien hecho dará tarde o temprano los frutos deseados. Que en el fútbol existen reglas inescrutables que giran, viran y dan rodeos dependiendo si un buen día la pelotita no quiso entrar, alguien se despistó en una marca o el rival, viéndolas venir, anota tres tantos a su favor cuando ni tan siquiera tiró a puerta.

Es de ley que cuando la sensatez y el no ir dado bandazos se instalan, dejando de lado la improvisación y el desorden, el premio gordo tiende a hacer acto de presencia. Y para premio extraordinario nada mejor que pertenecer a la familia más grande de Chile: el CSyD Colo-Colo.

FUERZA ALBA