En la primera definición por un título entre albos y azules, un joven sacó chapa de crack. Matías Fernández logró levantar a un Cacique dominado, y con dos golazos revertir un resultado que nos acercó a la estrella 24.
Autor | Diego Jorquera Follow @eldiegors
Imagen: El Gráfico
Era junio, época de mundial y buen fútbol. Nuestro país no había clasificado y todos los partidos de Alemania 2006 los miramos por la tele. En ese entonces todas las ligas del mundo estaban en receso. Todas menos una, la liga chilena.
El destino y las buenas campañas de ambos equipos, quisieron que Colo-Colo y Universidad de Chile disputaran una final de ensueño el año 2006. El Torneo de Apertura llegaba a su fin, luego de la fase de play offs, y a la misma hora que Brasil debutaba frente a Croacia en Berlín, el Cacique y el Chuncho saltaban a la cancha del Nacional.
Los azules eran liderados por Marcelo Salas, goleador histórico de la selección chilena, y por ese entonces era difícil definir quién ganaría el clásico antes de jugarlo. Hoy por hoy la tendencia es algo distinta.
En un nublado Santiago ambos elencos comenzaron a jugar. Pablo Pozo seguía de cerca las acciones, acompañado por la mirada de miles de hinchas que casi repletaron las galerías de un estadio que por ese entonces no tenía las rojas butacas que hoy posee.
Recién iniciado el encuentro la esperanza comenzó a menguar. Corner para los universitarios, Mayer Candelo centra y su compatriota, Helry Alcazar, se eleva entre la zaga de defensas blancos, para con certero cabezo bajo vencer la portería de Claudio Bravo.
Alcazar salió celebrando hacia la galería Sur, saltando las vallas publicitarias, festejando como se debe un gol en una final ante el clásico rival. Hay reconocerlo, la “U” jugaba mejor. De no haber sido así, el indio no podría haberla picado desde atrás.
El primer tiempo siguió su normal desarrollo, con un Colo-Colo que no podía encontrar su juego. Suazo, Valdivia y Fernández no lograban conectarse –como sí hicieron durante todo el campeonato- y Waldo Ponce ordenaba una zaga azul que por pasajes se tornó impenetrable.
Pablo Pozo hizo sonar su silbato aquella tarde que permanecía nublada. El tiempo no había cambiado y el resultado tampoco. Colo-Colo se iba a las duchas, abajo en el marcador, en su primera final ante la “U”. Había que darlo vuelta.
Fue al iniciar la segunda mitad que toda la historia cambió. Literalmente el sol salió esa tarde para los albos. Matías se echó el equipo al hombro y permitió que de atrás picara el indio.
Minuto 54´ y por fin Matías Fernández logró despegarse de las insistentes marcas de los azules, deja atrás uno, dos y entre otra pareja de centrales logró sacar un latigazo bajo que vulneró el arco de Miguel Pinto, quien intentó llegar pero no pudo.
Matías salió corriendo a celebrar, su típico salto a una pierna y agitando su puño al cielo mientras sonreía como un niño. Las cosas cambiaban y todo mejoraba, la actitud del equipo prometía una remontada.
El juego siguió y Colo-Colo comenzó a darlo vuelta. Matías los tenía vueltos locos, estaba imparable. Corría y no lo alcanzaban, tenían que bajarlo con faltas; si Humberto hubiese estado más fino, habría aprovechado alguno de los buenos pases que metió el crack.
Miguel Pinto se convirtió en figura y tapó todo lo que llegó a su arco. Waldo Ponce intentaba ordenar un poco, pero Marcelo Díaz no hacía pie en la mitad de la cancha. El Pato Hormazábal ingresaría para nivelar un poco el juego y la “U” tuvo un poco más el control del balón.
La gente alentaba y la Garra Blanca cantaba en el sector norte del Nacional. Quedaba poco, pero el partido aún no había terminado. La magia del fútbol no estaba toda en el mundial, Matías todavía tenía bastante en sus botines.
Matías encaró hacia el área rival, a grandes trancos se acercaba hacía el rectángulo verde y Cristián Canío hizo lo que pudo, bajando al mediocampista a unos 25 metros del arco en línea recta. Fernández ya había pateado un tiro libre muy cerca de ahí, a modo de predicción, que había pasado rozando uno de los postes. Miguel Pinto había quedado mirando.
Fernández acomodó la pelota y miró fijamente hacia el arco, apuntó hacia el angulo superior derecho de Pinto, pasitos cortos para su carrera preparatoria, pie de apoyo bien cerca del balón y golpeó la pelota con borde interno. La redonda entró en el ángulo, haciendo la espectacular tapada de Pinto mucho más impresionante, pero no menos estéril. Dos a uno para Colo-Colo. Era el último minuto de juego.
Los albos lo habían dado vuelta en el final, de la mano de un inspirado “Matigol”. La ventaja había llegado con justicia gracias al mejor jugador de la cancha. No se había ganado el campeonato, pero sí se había conseguido un apretado triunfo, ante el clásico rival en una definición por un título.
Colo-Colo tuvo que luchar para llegar con ventaja a la final de vuelta, partido que perdería, pero que en definición a penales volvería a dar vuelta el resultado, ya no diciendo “de atrás pica el indio”, sino que esta vez: “Campeón en tu cara”.