DESDE EL SILLÓN | Con licencia para recordar lo bello del albo

 

No tuvimos a Colo-Colo para alegrar y disfrutar más aun el fin de semana, así que me permitiré la licencia de recordar 2 momentos que están dentro de los más importantes en mi vida en cuanto a lo relacionado al Cacique. La primera vez que fui con mi hija al estadio y la ansiada 30.

Autor | Alberto Salazar

Esa primera vez junto a mi hija Anahí en el David Arellano, ella tenía 6 o 7 años. No sabía nada de fútbol y menos de ir a un estadio y sentir la vibra especial que se produce al ver a nuestro amado equipo en vivo. La ansiedad de llevarla por primera vez a La Ruca (si, con mayúscula) partió desde el momento en el que compré las entradas. El día del partido, y luego de los comprensibles consejos de mi señora debido a sus temores frente a esta experiencia, partimos con rumbo al estadio. El camino fue plagado de preguntas típicas de una niña de su edad y que era presa de la ansiedad y curiosidad de vivir algo que probablemente no había imaginado. ¿Cuánto falta? ¿Es peligroso? ¿Venden cosas? Preguntas, preguntas, preguntas. Llegamos al metro Pedrero y se sentía ya la efervescencia típica que rodea a La Ruca. Se escuchaba a la salida el típico “por el campeón, por el campeón”  y mi hija se impresionaba de ver a la gente gritando al unísono. ¿Cómo es el grito, papá? Esa fue la consulta y vino la primera enseñanza alba.

Cintillo y bandera fue el primer macheteo que me pegó la señorita antes de entrar. Pasamos los controles que por ese entonces no eran tan desagradables como ahora y nos fuimos a Caupolicán. El estadio estaba con un marco de público bastante agradable y ella se impresiono de ver tanta gente reunida en el lugar. Más aun cuando comenzó a oír el bombo que entraba y todos comenzaban a gritar. Más que lo que ocurría en la cancha, era el entorno lo que le llamaba atención, miraba a su alrededor con sus tremendos ojos brillando y yo cada vez más emocionado de verla feliz. Le enseñé cánticos y gritos, le di permiso para gritar garabatos (no le digas a tu mamá, fue mi súplica), le compré todo lo que quiso. Y cuando comenzamos a cantar el himno juntos, pasó lo inevitable y cayeron las lágrimas de mis ojos.

Y la 30, bueno, esa me la regalo mi abuela desde el cielo. Recuerdo ir a visitarla al cementerio y hablarle de Colo-Colo, como siempre lo hacíamos cuando estábamos en casa viendo al albo y ella tirándole las maldiciones a los rivales con sus dedos imitando una tijera para cortar los ataques del rival. Y le dije: Oye viejita, estamos a un partido de la 30, ¿por qué no me la regalas y nos haces felices? Estoy seguro que ella la deseaba con tanta ansiedad como todos los colocolinos que estamos acá en este pedazo de tierra poco valorado y se encargó de interceder ante El Barba allá arriba. La imagino pidiéndole la 30 con su alegría habitual: Ya pues, háganos ganar la 30 señor. La merecemos. Y la ganamos y sé que celebró como todos nosotros, gritando un C-H-I que se oyó en cada rincón del cielo. Me acuerdo que en el momento de finalizar ese partido mire al cielo y le dije: gracias Carmencha, yo sabía que ibas a ponerle color desde allá.

Gracias por la licencia y para terminar: hey hija y tu abuela allá en el cielo, ahora juntos… «por el campeón, por el campeón saquemos un grito de corazón”

 

 

Un Comentario

  • Awwwwwww, me emocioné.. que lindos recuerdos.. Y agradezco haber tenido el honor de haber compartido con tu familia un partido en nuestra querida Ruca!!
    Llevar al Albo en el corazón y poder compartir con la familia es lo mejor del universo universal infinito.
    Recuerdo a mi abuela, en sus últimos meses de vida, cuando no estaba muy lúcida, bastaba sólo entonar el «Cantemos todos …. » para que ella se pusiera a cantar..
    Este es un amor gigante y eterno.