DESDE ESPAÑA CON AMOR | A balonazos

Autor | José Luis Peña

Estimadas almas colocolinas, queridos compañeros de columnas y quienes sin ser albos ni son columnistas en @SomosChileRadio me siguen fielmente: aquí estoy de nuevo, dispuesto a dar guerra y a explicar las cosas que suceden en nuestro querido y amado Colo-Colo. Eso sí, a mi manera. Fiel a mí estilo. Procurando en todo momento ser lo más educado posible y no queriendo caer nunca en la descalificación gratuita ni en el insulto fácil.

Saben perfectamente, sobre todo quienes saben de mis trabajos, que suelo ser muy crítico con todo aquel asunto que yo estimo merece ser castigado con mi pluma. Conocen de sobra como me las gasto incluso con ciertas personas o personajes que pueblan todo ese compendio de sensaciones que llamamos pueblo albo.

Sin autocensuras. Escribiendo con el corazón. Con mi verdad a cuestas. Sincero, claro y directo. Respetando los límites de lo criticable y censurable. Eliminando aspectos crueles y no empleando el ensañamiento como arma arrojadiza. Porque en esta vida se puede ser hipercrítico sin caer necesariamente en el desprecio ni en el dogma que dice: “yo impongo mi ley a sangre y fuego”. En la crítica no todo vale.

Una vez hecha esta introducción, seguro os preguntareis, ¿de qué va la columna de esta semana? Paso a aclarar vuestra duda al tiro. Hoy toca desbrozar una serie de historias encadenadas, a modo de cuento surrealista, que de una manera inesperada unió para el futuro a tres seres que difícilmente olvidarán lo vivido y acontecido. Historias que marcarán un antes y un después a personas tan dispares como Aníbal Mosa, Carlos Heller y Jean Beausejour.

Esta especie de historias entrecruzadas cuenta con el aliciente de un guión escrito a impulsos. Historias escritas por separado pero con las suficientes cargas de profundidad que dieron como resultado un aluvión de respuestas, donde los elementos expuestos tomaban formas tan irreconciliables como las filias y las fobias.

 

LA LEY DEL TALIÓN
(Aníbal Mosa)

Si alguien pensó en su momento que las formas caprichosas y, si me apuran hasta mafiosas, como las ejecutadas por Aníbal Mosa a la hora de adquirir como jugador a Michael Ríos, no iban a tener respuesta, estaba muy equivocado. Es aquí donde se empieza a escribir esta especie de cuento tragicómico protagonizado por tres actores de postín dentro del fútbol chileno.

Aníbal Mosa, de forma consciente o no (eso lo sabrá él), empezó a escribir el futuro de otras tres personas en base a su forma habitual de actuar, esto es, usando la prepotencia, la arrogancia y la chulería. Yo soy el más alto, el más guapo y el más rico. Si algo lo deseo lo consigo. No importa el precio. Para eso se hicieron los cheques bancarios. Por algo soy el nuevo mesías de Colo-Colo. Si tengo que atropellar a alguien que se dé por atropellado. Si tengo que pisar, doy cuatro pisotones. Si quiero sangre, secos lo dejaré.

Aníbal Mosa tiene el poder absoluto. Posee la facultad que el cargo le otorga de hacer y deshacer a su antojo bajo en beneplácito de quienes de manera mísera le secundan. Sin miramiento alguno por los códigos de respetabilidad, responsabilidad y buena praxis que todo presidente de un club de fútbol honorable y respetable requiere.
Aníbal Mosa, cuando consiguió la contratación de Michael Ríos, se despreocupó de la ética y de ciertas leyes no escritas que imperan en esto llamado fútbol. Se olvidó por completo de que no es bueno profanar el sueño de los rivales. Se escudó en que era lo mejor para nuestro equipo contratar a dicho jugador y, aunque la historia le diera la razón, siempre le recordaré que las cosas han de hacerse con caballerosidad, con elegancia, de cara y respetando las más sencillas reglas de convivencia pacífica.

 

(Aníbal Mosa y Michael Ríos)

Aníbal Mosa se desmarcó de la más bonita de las virtudes: La honorabilidad. Jugó con Michael Ríos como quien juega con muñecos de plastilina. Él, Michael Ríos, todo un buen profesional del balompié, labrándose un futuro de la mejor manera que sabe. Sabedor (o no) de que existen trenes que es mejor no dejar escapar. Con la experiencia suficiente como para saber lo difícil que resulta triunfar y llegar a ser reconocido en este mundo del fútbol. Admitiendo que el tiempo siempre juega en contra de cualquier futbolista. Que los años pasan, desgastan. Que si a los 35 años no se está acabado poco falta para que la jubilación asome por las esquinas.

Conocedor de todo esto y de más cosas que se me escapan, no dudó en dejar plantado, pluma en mano, a la Universidad de Chile e intentar fortuna en Colo-Colo. Ningún reproche. Profesional. Buscándose un porvenir mejor que igual deviene en un infierno. Pero no por él, sino por los caprichos desagradables que el fútbol nos tiene reservados en ocasiones.

Y todo este compendio de sinsabores, de deseos, de anhelos, de esperanzas y de dramas a pequeña escala (pequeña escala porque no es nuestro drama) en conocimiento de nuestro presidente. Jugando sus bazas. Tomando el control. A balonazos. Empujando. Estorbando. Metiendo el dedo en ojo ajeno. Jugando con sueños sin saber lo que es soñar. Con la decisión de quien todo lo puede. Con la insensatez como bandera. Esperando un sí que al final se dio. Un triunfo más. Una muesca más en el revolver. Con las cartas marcadas de quien conoce la fragilidad de quien se gana la vida honradamente (Michael Ríos) y molestando más de lo debido a nuestro eterno rival.

 

(Carlos Heller)

Dios me libre de criticar, sojuzgar y despotricar contra la labor de cualquier presidente (sea de una concesionaria o no) que no sea del equipo de mis amores. No es labor mía echar agua hirviendo ni soltar sapos y culebras por mi boca en referencia a lo que acontezca en otros clubes. No es mi responsabilidad. No es mi deber meterme en camisa de once varas. Allá cada cual con lo que tiene. Bastante tenemos en Colo-Colo con lo nuestro.
Pero si quisiera hacer dos pequeños apuntes sobre Carlos Heller. Uno, que supo aplicar de forma rápida y eficaz el principal postulado de la denominada Ley del Talión, esa que dice:”ojo por ojo, diente por diente”, en referencia a la contratación de Jean Beausejour . Dos, es triste reconocerlo, pero Carlos Heller un poco más y consigue que Aníbal Mosa esté en la lista de precandidatos al Premio Nobel de Economía. Cosas de la vida.

 

(Jean Beausejour)

Sin contar a Michael Ríos, la tercera pata de esta especie de vendetta fraguada a tres bandas. Aníbal Mosa quita. Carlos Heller responde y “Bose” le secunda. A balonazos. Tú me das y yo te doy. Como críos en un patio de colegio. Uno (Mosa) representa la ambición sin medida. A Heller no sé si catalogarlo de ingenuo, torpe o incauto. En cambio, con “Bose” se me instaló en el corazón un proceso dual del cual no sé salir.

Pura dicotomía. Cara o cruz. Un deshojar la margarita. Un querer entender y no poder. Por momentos desarbolado. Una moneda al aire. Aprendiendo a estar sin su presencia (en Colo-Colo), puesto que vistiendo La Roja espero seguir viéndole. Comunicándome a base de mensajes contradictorios. Intentando descifrar códigos sin encontrar respuesta.
Deseando mantenerme al margen de discusiones inútiles que no llevan a nada, De cuando lo hecho, hecho está. Punto de no retorno. Del presente al pasado. Del hoy al ayer. De lo imaginado a lo inimaginable. Del rumor a la certeza. Con el cariño que le tengo engrandecido por la distancia. Distancia eterna. Tan cerca y tan lejos a la vez. Distancia mitificadora. De blanco y negro. De rojo Chile.

Respetuoso con su toma de posición. Es su vida. No soy Dios. No pretendo juzgarlo ni crucificarlo. Pero me siento algo dolorido. Desconozco si por las formas, al parecer se veía venir (maldita distancia que ciega y no deja ver el mural completo); por cubrir sus sueños en el equipo archirrival o por caer en las redes que Aníbal Mosa al parecer le tendió.

¿Defraudado? Si. ¿Estafado? Algo de eso hay. En lo emocional. Con el corazón a la deriva por intuir que usted fue partícipe de que la estrella 32 retrasase su venida. A disgusto, indolente, casi sin alma, como dejándose llevar, sin pasión, sin chispa. Así transcurrió su último semestre entre nosotros. Esperando su momento. Preparando la escapatoria. Escribiendo el guión que Aníbal Mosa llevaba tiempo redactando.

¿Apesadumbrado? También ¿Sorprendido? Un poco, aunque por edad y experiencia ya nada me debiera sorprender, al menos en este invento denominado fútbol. Un giro de tuerca más. Un desengaño telegrafiado que no supe o no quise ver. No vino para quedarse. Le vi partir y yo me quedé. Y ahora que usted navega por la orilla contraria; que se nos escurrió como el agua entre las manos y decidió abandonarnos, no atino a reflejar el auténtico estado de mis emociones.
Su marcha me dejó trastocado, desubicado. No conviene jugar con fuego. Te puedes quemar. Te pueden quemar. Puedes quemar. La hoguera nunca se apagará y los recuerdos avivarán los rescoldos que nunca terminan de apagarse. Siempre habrá alguien, en cualquier momento y en cualquier lugar, que le recordará lo sucedido. Lo que un día usted hizo. Con dolor, pena y rabia. Podría haber sido de otra forma. Con elegancia. Con sapiencia. Sin esa sensación de huida hacia delante, de desplante a unos colores que usted decidió teñir.

Ahora que nadie me escucha no gritaré su ausencia. Es hora de reconstruir emociones. De aceptar lo inevitable. De adivinar si seré capaz de olvidar. Tras su salida sólo cabían tres respuestas posibles. Indiferencia, rabia o beneplácito. La indiferencia va reñida con el cariño. La rabia es la constatación de que algo en el alma se rompe y las bendiciones únicamente son válidas cuando la despedida es sincera y los recuerdos no se enturbian.

Y a pesar de los pesares, le deseo lo mejor en su nueva singladura. Usted eligió el camino a seguir. Libre. Como persona adulta e inteligente que es. Sabiendo de las tormentas que podría ocasionar. Intuyendo las guerras que se desatarían y, supongo, consciente del debate a surgir.

Es hora de despedirme de usted (en referencia a Colo-Colo) y no encuentro mejores palabras que esa especie de bueno deseo que en la lengua mapuche viene a significar: newen-newen.

 

FINAL DEL CUENTO

Como todo buen o mal cuento, éste consta de un inicio, de un nudo y de un final. El inicio lo conocemos. De cómo se escribió la historia somos conscientes, pero de cuál será el desenlace final solo conocemos parte. Todo por determinar. Con un final abierto, incierto y cuyas líneas maestras se centrarán en los recuerdos que el futuro nos pueda obsequiar. Memoria que se activará a cada partido disputado en función de si en su momento nos sentimos traicionados, frustrados o engañados.
Quien no engaña es el corazón verdadero. Ese que emana del amor y respeto por unos colores que siempre serán eternos. Que viven en nuestras entrañas y recubren nuestra existencia fuera de intereses creados. Siempre caciques, hasta más allá de la eternidad.

FUERZA ALBA