DESDE ESPAÑA CON AMOR | Apuntes para un conformista

Autor | Jose Luis Peña

Estimadas almas caciques y a quienes me postulan para que me otorguen el Premio Nobel de Literatura antes de que me vaya al otro barrio: en esta ocasión, a pesar de esta entrada con cierto sentido del humor, el tema a abordar tiene poca gracia en sí. Más bien diría que no tiene ninguna, al menos para mi persona. Quiero dejar claro que se trata de una serie de opiniones que en modo alguno desearía que fuese tomada como tendencia mayoritaria. Afortunadamente vivimos en sociedades abiertas y democráticas donde impera la ley de la libertad de expresión y la exclusión del pensamiento único. Somos libres de opinar y admitimos (así debiera ser) que no siempre tenemos la razón ni el don de la verdad absoluta.

Todo este preámbulo viene a cuento porque en esta ocasión pretendo analizar y criticar ciertas formas que presenta el actual entrenador de Colo-Colo, José Luis “Coto” Sierra, a quien a partir de ahora me dirigiré nombrándolo bajo su apodo. Es mi deseo expresar que todo el contenido de esta columna se regirá basándome en los siguientes criterios:

  1. Todo comentario crítico será difundido desde el más profundo de los respetos.
  2. No es mi propósito crucificar ni lapidar la figura como persona de José Luis Sierra.
  3. “Coto” como personaje público está sujeto tanto a alabanzas como a las criticas.
  4. “Coto” como entrenador de fútbol es susceptible de ser apoyado o rechazado.

Partiendo de todas estas premisas y admitiendo que en no muchas ocasiones la distancia impuesta puede desvirtuar la realidad existente, es mi propósito hacer una radiografía del hombre que dirige los designios deportivos del equipo más grande de Chile, dando la impresión a veces de no enterarse muy bien ni de dónde está ni de cuál es su misión.

En lo que si estamos tod@s de acuerdo es que el fútbol de “Coto” es resultadista, tiende a aburrir a las ovejas, hace  los partidos largos derrochando por regla general todas las primeras partes y fiando la posibilidad del triunfo a una genialidad de alguno de nuestros jugadores (incluido Justo Villar), o peor aún, buscando el error del contrario.

De un tiempo a esta parte el fútbol practicado por Colo-Colo es tedioso, predecible, carente del espíritu ganador que nuestro equipo debe mostrar en cada partido, triste, anodino, diría que hasta insulso. A lo que es necesario añadir esa especie de dejadez que han mostrado ciertos jugadores que no sé a que es debido, si aún pasotismo contagioso o a una nula preparación física. Quiero creer que este desbarajuste es producto de esta última opción y no a la desidia y el dejarse llevar por parte de alguien que dice ser un profesional de esto llamado fútbol.

Quien debe insuflar a los jugadores esa alma ganadora, donde la jerarquía no se quede en unas buenas intenciones y poner en la cancha toda la carne en el asador, es el entrenador. El afán ganador se pare desde quien domina el vestuario. “Coto”, como la cabeza visible de un proyecto debe y tiene la obligación de impulsar, proyectar y hacer efectivo todos los postulados que guían a cualquier club del mundo, consistente en dominar un plantel de jugadores, sacando lo mejor de ellos, con el único propósito de ir mejorando (en lo individual y en lo colectivo) y alcanzar los objetivos soñados.

DE HÉROES A VILLANOS

Aún no siendo yo entrenador de fútbol es fácil aceptar que la figura del director técnico es el punto más cuestionado dentro del organigrama de un equipo. Si las cosas van bien o medianamente correctas (dependerá en parte del club que se entrene y lo ambicioso de sus proyectos), todo permanecerá estable, en equilibrio y sin apenas sobresaltos. Si por el contrario, las cosas empiezan a torcerse y los objetivos marcados se alejan, las dirigencias tienden a poner como cabeza de turco al entrenador. Siempre fue así, sigue siendo así y seguirá siendo de esta forma. Se aplica en este caso el dicho de “es más fácil echar a un entrenador que a once jugadores”.

Es la gran espada de Damocles que pende sobre cualquier entrenador. En cuestión de poco tiempo se pasa de transitar por el sendero del reconocimiento a patear las lindes del abismo. Son automatismos que nacieron con el fútbol y que permanecerán inalterables así pasen los siglos. Mecanismos que se ven potenciados por el aumento de la competitividad, por intereses económicos y el afán desmedido por alcanzar cotas a las cuales igual no se está preparado. De esta manera se construyó el fútbol moderno, aquel que desterró a los corazones bohemios, el sentimiento romántico y dio una patada al sentimentalismo.

“COTO”. EL HOMBRE DE HIELO

Que nuestro entrenador pueda ser definido como ese hombre que pareciera que surgió del frio, un témpano de sensaciones a modo de cubito de hielo o iceberg, dependiendo de nuestra afinidad para con él, me trae sin cuidado. Es más. Cada cual forjamos nuestra personalidad en función de muchas variantes. No es cuestión en esta columna de establecer una lección magistral sobre los diferentes tipos de personalidad existentes y su proyección en la vida social y laboral.

Respeto la frialdad que muestra “Coto” en casi todos los aspectos referentes a su labor como entrenador. Puedo o no estar de acuerdo con sus discursos (tanto antes de un partido como en el postpartido). Es más que probable que me saque de mis casillas su actitud conservadora a la hora de planear los encuentros. Es cierto que le puedo achacar cierto bloqueo mental cuando las cosas se tuercen y demora en exceso tomas de decisiones que va posponiendo, sin saber muy bien si es por deficiencias como entrenador o por lo que le rodea no le infunde confianza. Debo aceptar (no queda otra) la falta de emoción de la que hace gala “Coto” y que de forma sistemática obstruye la empatía que por regla general se entabla entre técnico, jugadores y afición.

No me crea conflictos personales saber que nuestro entrenador tiene una forma de ser totalmente distinta a la mía. Sé que a quien es frío, distante, cerebral e impone un distanciamiento emocional no se le puede exigir que salga a la cancha de juego con una espada samurái. “Coto” tiene su carácter, su manera de ver y enfrentar este invento llamado balompié. Nunca pondré en duda de su capacidad para ser director técnico de un equipo aunque sus formas, sus acciones y decisiones finales me revienten.

Reconozco que no debe ser fácil tomar los mandos de Colo-Colo. La historia, el prestigio y las exigencias impuestas pueden que pesen como una losa. Colo-Colo no es un equipo cualquiera. No está formado por un grupo de personas aficionadas al fútbol sin más pretensión que disputar cada fin de semana una pachanga. Nuestro equipo es algo serio. Es un conglomerado de pasiones formado por cientos y cientos de corazones que lloran con las derrotas y derraman lluvia en las victorias.

No quiero decir con todo esto que “Coto” sea un inconsciente que no sabe de qué va la historia. Pero mi próximo cabreo y lo que a continuación voy a exponer si me preocupa, y en exceso.

EL CONFORMISMO

Esta columna saldrá, si todo transcurre como hasta ahora, el día 30 de este mes, pero su génesis nació bastante antes, en concreto, el día 18. Aquella noche, navegando por el conducto habitual en mi, tropecé con un pequeño artículo que publicó la página “Titular” (@diario_titular) con título de <Kind of Happy>. En dicho artículo se analizaba una entrevista concedida por “Coto”. De todo lo leído me impactó una frase que me dejó perplejo, desconcertado y que soltó en mí una respuesta inmediata.

Pero vayamos por partes. El comentario decía así: “… incorporar jugadores es muy bueno…”, en clara alusión a la nuevas incorporaciones llevadas a cabo en el seno de Colo-Colo, Ramón Fernández y Valber Huerta. Independientemente de que sean o no de mi agrado dichos fichajes (nunca prejuzgaré a ningún jugador sin antes no verlo en acción), lo cierto es que la frase me pareció de un conformismo absurdo y destructivo. Mi respuesta fue contundente:”el hecho no es incorporar por incorporar, sino saber que se trae”.

Como es lógico pensar, mis reflexiones posteriores no se quedaron en este pensamiento, sino que a modo de bola de nieve fue expandiéndose hasta convertirse en lo que hoy es una columna. Nunca imaginé que una frase tan pequeña diera pie a toda esta batería de respuestas. Respuestas, por otro lado, surgidas al pairo de una manera de entender la vida y el fútbol que chocan frontalmente con mis postulados.

“Coto” no es tonto. Estimo que sabe lo que tiene entre manos. Que sabe discernir entre el pasotismo, el dejarse llevar y el derrotismo de quien no espera mucho y la ambición de quien siempre busca mejorar y perfeccionar lo que se tiene. El conformismo -en todos los órdenes de la vida- es sinónimo de abandono de la lucha, de dar validez al silencio y de dejarse llevar por la corriente sin otro ánimo que llegar intacto al principio de la gran catarata y no hacer nada por evitar la caída final.

LO QUE SOMOS

Colo-Colo no es una lotería ni una rifa benéfica. El orden impuesto por su historia, por sus galones, por su idiosincrasia y por lo que representa a un enorme puñado de corazones va reñido con el discurso “tenemos poco que perder y mucho que ganar”. Vivimos para triunfar. Lo llevamos en los genes; recorre nuestra sangre; da forma a nuestras almas y nos tiñe la piel y los sentimientos de ese inconformismo batallador y arrogante de quienes presumimos de ser albos, caciques. Sello único. Inconfundible.

Somos rebeldes porque nos lo enseñó todo un caballero llamado David Arellano. Alejamos lo banal y superficial de nuestras vidas a sabiendas de que el conformismo es la derrota de la ambición. No nos conformamos con cualquier cosa. Nos crecemos cuando las adversidades asoman por la ventana. Abrimos puertas a la esperanza. Damos cerrojazo al pesimismo. Siempre exigiendo lo mejor. Somos lucha, entrega y coraje. Gritamos que si tenemos que enfrentarnos a una derrota lo hagamos con la cabeza erguida, levantada. Orgullosos. Estamos condenados a vivir en pie, en plena guerra contra el desánimo. Congelamos la apatía y moldeamos nuevos futuros.

Lo que somos, lo que representamos no es obra que naciera de otros. Un imperio no se levanta de la nada. Se necesita fuerza y valor. No especulamos ni vivimos de las rentas. Somos un frente de batalla permanente y no nos rendiremos nunca cuando el conformismo golpea con furia nuestra puerta. Somos lo que somos gracias a nuestro ímpetu ganador y a nuestra brega constante por superar cuantas barreras nos son impuestas.

Así somos. Así moriremos. De esta forma respiramos. Nuestros sueños no son baratos. No nos gusta andar por el filo de lo imposible. Somos lo que el corazón nos dicta. Somos eternos, albos, caciques, parte de la historia de Chile y testigos de una obra surgida en el lejano año de1925 que hoy en día, entre unos y otros, quieren desdibujar.

Porque somos militantes contra la estupidez que significa ser tolerantes ante la desgana, el desánimo y el conformismo, griten conmigo bien fuerte y voz alta:

FUERZA ALBA

*Columna dedicada a Luis Álamos, Mirko Jozsic, Claudio Borghi, Nelson Acosta, Marcelo Bielsa, Jorge Sampaoli y Juan Antonio Pizzi, para quienes la palabra conformismo es una patada a la valentía.