Estimad@s colocolin@s y demás gente que se interesa por mis columnas; en esta ocasión vamos a abordar un tema que el mundo del fútbol viene arrastrando desde sus inicios y que muy seguramente, por muchos tratados que se escriban y por muchas columnas que se redacten, permanecerá sin resolver y dividirá a los amantes de este bello deporte.
Autor | José Luis Peña Follow @QuincyChile
Hay una pregunta clave que nos servirá de introducción y que paso a formular: ¿qué causa determina el resultado final de un partido?, para acto seguido replantearnos si es por un cúmulo de errores cometidos o por la genialidad y buen hacer de alguien en un determinado lance del partido. Yo, y esto es a título personal, descarto el azar o la buena y/o mala suerte por un principio elemental; en la gran mayoría de partidos el resultado final no lo determina un autogol o un disparo a puerta que rebota en algún jugador y se introduce dentro de la portería. Es indudable que en este punto estaremos en total acuerdo en otorgar al azar, a la divina providencia o al colmo de la desgracia el rol que le corresponde, pero su incidencia en el cómputo global para definir el resultado final de un partido de fútbol viene a ser insignificante.
En el ideario futbolístico, casi siempre que a un equipo le marcan un gol, se apela a que éste es producto de un error o fallo (individual o colectivo) más que del acierto de tal o cual jugador o la buena disposición táctica del entrenador. Si nos quedamos tan solo con el concepto de error o fallo cada vez que se produce un gol, nuestro análisis final quedaría cojo. Es verdad que en la gran mayoría de las ocasiones se mira más el desacierto que el acierto, tal vez porque consideramos que todo gol en contra es fruto de un error. Frases como “grave error defensivo”, “pifia monumental”, “desbarajuste a la hora de defender”, “pilló a la defensa dormida”, “garrafal error del portero”, “desastrosa disposición táctica” o “fallo en cadena”, tienden a enmascarar la genialidad, habilidad, pericia o maestría de quien marca un gol, bien sea de forma individual o colectiva.
Este modo de ver una victoria o derrota, basándonos en el simple concepto de error, no hace justicia a lo que realmente es el fútbol: una mezcla explosiva de aciertos y fallos, que son los que dictaminan el resultado final de todo encuentro. No tiene lógica alguna, si nos guiamos tan solo por este concepto, el de gritar a pleno pulmón expresiones como ¡GOLAZO POR TODA LA ESCUADRA!, ¡IMPRESIONANTE TRALLAZO DESDE 30 METROS!, ¡INCREIBLE JUGADA EN TAN SOLO TRES TOQUES!, ¡CONTRAGOLPE DE MANUAL!, ¡QUE GENIALIDAD DE…! etc., etc., etc., al menospreciar o quitar importancia y valor a un buen gol o una jugada bien trenzada.
En la gran mayoría de las ocasiones la impresión última recae más en lo mal hecho, en los errores, en los fallos y en las pifias cometidas. Aunque presenciemos un gol de bandera o una jugada magistral, casi siempre primará en nosotr@s el error del portero, el de una defensa que hace aguas, el de tal o cual jugador que no tiene su día, el de las claras ocasiones manifiestas de gol perdidas, el del penalti fallado, el del pase a nadie, el del taconazo o floritura innecesarias, el del remate solo ante la portería que se fue rozando el larguero, el de la pésima preparación del partido por parte del entrenador, y como no podía faltar, el gravísimo error del colegiado de turno que concedió un gol a todas luces ilegal o del que anuló un gol legal por culpa de un juez de línea que señaló fuera de juego.
El fútbol es así: un extraño cóctel de errores y aciertos. Unas veces se consigue marcar un gol desde tu propio campo y en otras te marcas un golazo por toda la escuadra en propia puerta. En otra ocasiones te anulan un gol legal en el minuto 40 de la segunda parte pero antes de eso se fallaron cinco claras ocasiones de gol. El fútbol, en el fondo, es un ente caprichoso, pues es capaz de concederte la victoria sin haber tirado al arco contrario y una semana más tarde te consigna la derrota tras un magnífico encuentro.
Errores de bulto y genialidades de maestros por igual, con alguna pizca de suerte de vez en cuando, son los ingredientes finales que sazonan esto que llamamos fútbol. Una poquito de salsa, algo de cayena y la levadura justa, todo ello salpicado con aroma a limón y la dosis justa de azúcar y, listos para degustar un plato que nos amargará o deleitará en función de si al chef se le fue la mano con la sal o construyó el mejor suflé del mundo.
FUERZA ALBA

