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Autor | José Luis Peña
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Mi muy estimad@s colocolin@s del alma y a quienes, a pesar de lo pesado que me puedo poner, siguen leyendo y releyendo mis columnas semanales: esta vez vuelvo a ofrecer mis letras, mi pensamiento y mi corazón para lanzar un homenaje. Pero a diferencia del que hice al ya difunto Colo-Colo Básquetbol (Réquiem en Quilicura), en esta ocasión lo hago sobre algo al que todavía no tocaron y sigue moviéndose, como es el caso de la sección femenina de futbol del nuestro querido y amado Colo-Colo.
La verdad sea dicha que el homenaje que pretendo rendir a las guerreras albas es extrapolable a todo el fútbol femenino chileno. Soy incapaz, y tampoco lo quiero ni deseo, separar Colo-Colo del resto de clubes que pueblan el continente futbolero de Chile. He aquí una de las razones por la cual siempre me dirijo, con todo el respeto del mundo, hacia los demás conjuntos chilenos que tienen la suerte de enfrentarse al más grande y al más popular. Colo-Colo es Chile, pero para mi, que forjé un amor en la distancia, con dos hemisferios de por medio y a más de 11.000 kilómetros, todos son Chile. Espero que estas palabras no ofendan a nadie ni molesten a los más acérrimos seguidores del Cacique. Cada uno tenemos nuestra historia, nuestro sentir particular y nuestros propios árboles plantados.
Por esto mismo, antes de empezar mi pequeño homenaje a toda esa pléyade de chicas que defienden la camisola más bonita el mundo, quisiera hablar un poco sobre esas otras chicas que defienden otros colores, otros sentimientos y otros corazones, parándome especialmente en la selección nacional femenina de Chile, estamento que reagrupa y une a todas las intrépidas muchachas que practican el noble arte del fútbol, en un país donde desgraciadamente suelen pasar desapercibidas.
El fútbol chileno femenino, al menos cuanto a selección se refiere, tiene un paupérrimo currículo internacional. Se necesitan pocas palabras para hacer el análisis final. Y para muestra varios botones, advirtiendo antes de nada, que no me voy a poner pesadito a la hora de tirar de datos. Intentaré sintetizar y no aburriros. Si lo consigo estará por ver.
Existen actualmente cuatro grandes campeonatos en los que Chile puede participar a nivel de selección, a saber: mundial o Copa del Mundo, JJ.OO, Copa América Femenina y Juegos Panamericanos, presentando en la gran mayoría de ellos un balance más bien desalentador.
Empecemos por los mundiales FIFA. Hasta el momento se han disputado siete ediciones femeninas y Chile no estuvo presente en ninguna de ellas. Con Brasil haciendo pleno, seguidas muy de lejos por Argentina (2), Colombia (2) y Ecuador (1). Sobra todo tipo de comentarios y que demuestran el pobrísimo nivel que el fútbol femenino muestra fuera de sus fronteras.
Lo mismo sucede en los JJ.OO. De cinco ediciones, Chile no se clasificó para ninguna olimpiada. Brasil, como no, lidera el ránking de participaciones, con otro bingo en su haber, estando Argentina y Colombia, con una participación cada una, como escuderos del fútbol de la CONMEBOL. Basta reseñar que en este año 2016 se vienen las olimpiadas a disputar en la ciudad brasileña de Rio de Janeiro, en las que estarán las anfitrionas y Colombia. Chile, para variar, volverá a estar ausente.
Los mejores éxitos a nivel de selección se establecieron durante la disputa de la Copa América Femenina. El resumen de los siete campeonatos realizados es el siguiente: un subcampeonato (Brasil’ 1991) y dos terceros puestos (Brasil’ 1995 y Ecuador’ 2010). En el último torneo disputado, también en Ecuador en el año 2014, Chile ocupó la 6ª plaza.
En cuanto a los Juegos Panamericanos, de las cinco competencias realizadas, Chile solo clasificó para Guadalajara’ 2011, obteniendo el 5º lugar.
A día 19 de mayo de 2016 (día que sale esta columna), Chile ocupa el puesto 42 a nivel mundial, muy alejado de los dominadores habituales del fútbol mundial femenino. Estamos, por tanto, ante una instantánea que refleja lo mucho que queda por hacer y cuyos visos de mejora brillan por su ausencia.
El bagaje es más bien triste y descorazonador.
Dejemos de lado la pésima historia futbolística de la selección nacional femenina de fútbol y centrémonos en el devenir de las chicas albas que practican fútbol en Chile, pero en esta ocasión obviando estadísticas. Dejaré el aspecto analítico apartado para centrarme en niveles con más carga emotiva y menos racional.
La palabra que podría resumir las circunstancias vivenciales de cualquier chica que juegue al fútbol en Chile, puede encontrarse en el vocablo frustración. Frustración que nace de hechos socio-culturales y dela poca o casi nula predisposión de los agentes que debieran velar por el auge del futbol femenino chileno, recayendo mi crítica con especial dureza en la ANFP y a los propios gobiernos chilenos tras recuperan las libertades. Desde esta distancia que domina mi panorama, intuyo que el mérito de lo conseguido y de los avances registrados en el fútbol femenino chileno, recaen única y exclusivamente en los clubes que mantienen contra viento y marea, unas secciones relegadas al casi olvido, sin apenas reconocimiento y con un escaso apoyo popular (si no estoy en lo cierto, háganmelo saber, por favor). Pero no creo estar muy desencaminado en este análisis.
GUERRERAS ALBAS
Y a pesar de luchar contra los elementos de la indiferencia; contra cierto machismo instaurado (aunque personalmente no considero a Chile un país machista); con muy bajos niveles de aceptación social; con escasa repercusión mediática e informativa; de tener que disputar partidos en horarios hostiles y de sufrir la incomprensión, no solo de familiares y amigos, las guerreras albas siguen luchando por una dignidad que nunca dieron por muerta.
Ese grupo de almas caciques que guerrean por cada balón, que se esfuerzan por llegar lo más lejos posible, sin importarles el qué dirán y arruinando complejos insensatos, nos demuestran con su empeño, fuerza y garra que todas las barreras, tanto ideológicas como mentales, pueden ser derribadas. ¿Qué cuesta un mundo? Si, puesto que no les debe resultar fácil golpear la incomprensión en la que están sumidas.
Nuestras gladiadoras, gracias a esa pasión que sienten por un deporte en el que hasta hace poco estuvieron vetadas, arrinconadas y sin historias que narrar, intentan romper esquemas preestablecidos, quebrar tabúes, despegar vendas y marchitar aislamientos. Son conscientes de que no tienen un futuro donde agarrarse y de que, más temprano que tarde, claudicarán ante la presión de una vida difícil y compleja. Saben desde el mismo instante que empezaron a golpear un balón, que aparte de luchar contra un adversario deportivo, tendrán que bregar con infinidad de obstáculos que les rodean y abrazan.
Pero las chicas colocolinas que defienden y sudan una camiseta que es tan suya como nuestra, nunca desfallecen. Se vuelven leonas por defender el papel de la mujer en el fútbol; se convierten en tigresas indomables a la hora de luchar por unos colores que llevan grabados en el corazón; asoman sus garras por cada balón dividido o por cada atajada realizada por la arquera; se transforman en panteras defendiendo una pasión y el amor por un deporte del que son minoría y no queriendo nunca ser cenicientas de un cuento triste y anodino.
Nuestras guerreras albas basan todo su ímpetu en ese afán de superación que sólo quienes saben luchar lo consiguen. Son peleonas, bravas, infatigables, incansables ante el desánimo y el desaliento, siendo capaces de embotellar la sinrazón de quienes opinan que mejor estarían en la cocina. Son algo más que un par de tetas y bonitas piernas.
Cada gol marcado es un canto a la esperanza. A cada pase dado entre líneas nace un grito contra la indiferencia. Cada despeje, pared o parada es un despliegue contra la intolerancia e incomprensión.
Cada contragolpe se convierte en un pulso por restablecer una dignidad que nunca perdieron. Juegan en los campos del olvido como solo ellas son capaces de hacerlo, con entrega absoluta y el ánimo intacto. Jugando entre nubes, como el sol que las ilumina, que ahora se escode y luego luce esplendoroso entre una maraña de cúmulos que anuncian que todo se puede poner oscuro.
Así son, serán y seguirán siendo todas esas almas caciques. Sin arrugas en el pensamiento, sin miedos que eliminar y con el indio en el pecho como escolta.
Fuertes, aguerridas, atrevidas, pretendiendo deshilachar costuras que las asfixian y escribiendo entre líneas un guión que no permiten que nadie les redacte.
FUERZA ALBA
*Columna dedicada a Rocío Yáñez, actual ayudante técnico del Club de Deportes Lota Schwager, quien con su empeño, fuerza y sacrificio, pretende derribar techos.

