DESDE ESPAÑA CON AMOR | Ladrones del gol

A mis queridas almas colocolinas y cuantas personas que ya se ganaron el cielo tras leerme semana tras semana: vuelvo a mi tradición favorita, esa consistente en homenajear a alguien en concreto y que a mi modo de entender se lo merece. A diferencia de otras columnas, en esta ocasión lo hago sobre tres personas que viven, respiran y que tienen algo en común.

Autor | José Luis Peña

Cuando digo algo en común me refiero a esos ladrones del gol que saltan a una cancha de juego vistiendo diferente a todos los demás jugadores, luciendo guantes y colocándose bajo tres palos. Geográficamente hablando disputan cada partido en los extremos del rectángulo de juego bajo las sombras de unos fondos, a veces cariñosos y entrañables, a veces crueles y repletos de cuchillos.

 

MUNDOS DIFERENTES

Pero antes de adentrarme en el tema principal de la columna, es interesante componer una especie semblante en general de estos seres tan particulares y peculiares que pueblan el mundo del fútbol.  Con respeto, admiración y con la realidad palpable de quien os escribe se siente el típico portero de fútbol frustrado. Ese que no alcanzó la mitad de la mitad de lo que un día soñó parar. Dicen que para ejercer de tal hace falta tener un punto de locura. Tal vez en mi caso, dicho punto se sobrepasó con creces.

No deja de ser curioso la escasez de sinónimos que existen para definir, pongamos por ejemplo, a un delantero centro. En cambio, para dirigirnos a estos jugadores especiales la cantidad de nombres con que pueden ser nominados es amplia: portero, meta,  guardameta, guardavallas, cancerbero o arquero. Todas estas acepciones vienen a significar lo mismo, esto es, almas solitarias que luchan en cada partido contra sus propias limitaciones, contra un equipo rival y, en ocasiones, contra sus propios compañeros.

Son el último baluarte que salvar. Son las manos de mantequilla; los puños de hierro; los pies salvadores; los que salen a por uvas; le estirada milagrosa; el último guerrillero a batir. Son el canto a la esperanza. El llanto de las sombras. El desconsuelo del perdedor. Son leyenda, en lo bueno y en lo malo. Son diferentes. Juegan con las manos, con los pies, con la cabeza, con el pecho. Se estiran y se encojen. Vuelan alto. Navegan a ras de hierba. Salen de sus lindes y penetran en territorios ajenos. Inician contragolpes. Y algunos hasta se convierten en goleadores. Únicos en su especie.

Despejan, atajan o repelen un esférico que tiene hambre de gol. En no muchas ocasiones la suerte se les vuelve esquiva. La dicha convertida en desgracia. Escribiendo presentes con los renglones torcidos. Un rechace, un rebote, un mal bote, un pésimo despeje, una salida en falso, un blocaje que se escapa y los ladrones del gol que ven como las gradas se llenan de murmullos.

Así viven. En mundos diferentes dentro de un mismo mundo.  En el punto de mira permanente. Continuamente observados.  Silbados o aplaudidos. Figuras frágiles cuyo esplendor dura lo que tarda llegar los desaciertos y los errores de bulto. Son recambio fácil. A la banca, al olvido, al ostracismo. Seguros de sí mismos sin estar seguros de nada. En el terreno de juego no cubren a nadie. Se marcan solos. Héroes o villanos en función de si se convirtieron o no en perfectos ladrones del gol, gol que todo lo cambia, lo engrandece y vuelve patas arriba un estadio, una ciudad o un país entero. Son los vigilantes de una virginidad extraña. Si por ellos fuera todos los partidos debieran acabar con el mismo resultado que empezaron.

 

MIS TRES TENORES

 

Claudio Bravo (Buin, Región Metropolitana, 13 de abril de 1983)

“Desde el primer error hasta la gran parada final, siempre con usted”.

Nacido, crecido y desarrollado bajo el influjo del indio en el pecho. Albo. Esencia cacique. Forjado y moldeado por su gran mentor, Don Julio Rodríguez, hombre sabio y entendido que sabe conjugar los verbos en futuro con sólo mirar el presente. Él, que defendió a capa y espada a nuestro imberbe Claudio contra quien se resguardó en la estupidez y la sinrazón, es el artífice de que en tiempos no muy lejanos lo pudiéramos disfrutar en Colo-Colo.

Empezaba a nacer una estrella cuyo fulgor saltó hemisferios. Se fue de Macul para recalar a miles de kilómetros de la tierra que lo vio nacer. De un estadio mítico como es el Monumental David Arellano a otro no menos espectacular como es Anoeta, el estadio de la Real Sociedad de San Sebastián. Supongo que con los miedos que todo cambio conllevan. Mirando en la distancia a su Chile natal. Tal vez queriendo regresar, pero sabedor que las leyendas no escriben la historia a base de huidas.

Y el trabajo de Don Julio Rodríguez empezó a tomar forma. Con lucha, sacrificio, entrega y pundonor, más sus cualidades demostradas como portero, le abrieron a Claudio Bravo otras fronteras, otros proyectos de mayor envergadura y una dosis extra de exigencia. El muchacho de 23 años que recaló en el fútbol español allá por el año 2006, dio el gran salto. Un salto tal vez no soñado ni imaginado, pero que contribuyó  (y de que manera) a lo que hoy disfrutamos y admiramos.

De San Sebastián a Barcelona. De la Real Sociedad al FC Barcelona. De Anoeta a otro monumento del fútbol, el Nou Camp. Del Cantábrico al Mediterráneo. Sin anestesia. De un equipo de clase media que llegó a militar en la Segunda División Española a la casi obligatoriedad de conquistar títulos, con el añadido de que no hablamos de unos campeonatos cualquiera; liga y copa española más la Liga de Campeones, traducida comúnmente como UEFA Champions League.

Empieza la leyenda. Comienzo de un reconocimiento multitudinario. Salto a la selección. Con el éxito como bandera. Campeón. Eterno campeón, como el club que le vio nacer. Haciendo historia a base de escribir bellas historias. Con empuje, con coraje y decisión. Sin aditivos, sin conservantes ni colorantes. Orgullo de unas aficiones que no lo olvidan y todo un país. Grande. Enorme. Capitán. Centenario. Así es nuestro Claudio Bravo.

 

Justo Villar (Cerrito, Paraguay, 30 de junio de 1977)

“El hombre encargado de que la danza del gol rival no se produzca”

Nos encontramos con una leyenda viva del fútbol mundial.  Tenemos en Colo-Colo la suerte de presenciar uno de esos mitos incombustibles que de vez en cuando este deporte nos regala. Amado en su patria. Recordado en el Real Valladolid (España, 2008-2011) y admirado, respetado y convertido por méritos propios en un icono del equipo albo, le rindo pleitesía y mi más profundo reconocimiento, dando gracias a la divina providencia por tener la dicha de disfrutar de su magia, su generosidad en el esfuerzo y su aporte como persona.

Un guaraní en plena corte cacique. Historia de atajadas que dan triunfos. Emblema de una lucha sin cuartel contra las adversidades. El esfuerzo recompensado, no sólo con títulos, de alguien que se hizo querer sin necesidad de discursos vacuos, vacios. Hablando en la cancha. Poniendo mesura en momentos complicados. Sin aspavientos. Con la tranquilidad que el paso del tiempo otorga. En sintonía permanente con una hinchada colocolina rendida a sus pies. En perfecta comunión.

Ídolo en blanco y negro y vistiendo de colores la vida. Quintaesencia del espíritu que un buen día naciera de una bonita rebeldía. Elegancia y saber estar sobre un terreno de juego. Pura jerarquía. Raíces profundamente plantadas de quien conoce, no sólo muy bien su oficio, sino el arte de cautivar a las personas.

Desde que arribará en 2013 a las filas de Colo-Colo supimos del tesoro encontrado. Eterno como la camiseta que defiende. Mirando de frente. Hablando sin gritar. Y de a poquitos se instaló en nuestros corazones. Los conquistó. Historia reciente que el futuro transformará en leyenda. Este es Justo Villar.

 

Paulo Garcés (Parral, Región de Maule, 02 de agosto de 1984)

“Existen lesiones que dejan una profunda cicatriz psicológica”.

Roto. Así lo vimos. Tendido en el suelo. Dolor. De cuando se detiene el tiempo. De cuando el respirar cuesta. Años de esfuerzos supremos recostados en el verde césped. Lágrimas. Sueños quebrados. Esperanzas ahogadas. Dolor incesante. No hay consuelo. Se vino lo peor. Una lesión, el principal enemigo de cualquier jugador de fútbol.

Y luego la prolongada recuperación. Pero la cosa cambió. Surgió el miedo. La inactividad lo detiene todo y frena en seco la progresión. Horas de silencio con el dolor a cuestas. Semanas enteras sin saber muy bien cómo acabaría todo ese calvario. Nacen las dudas. Los recuerdos asoman insidiosos. La inseguridad campea a sus anchas. Pánico a que vuelva a suceder algo similar. Asumiendo pocos riesgos. Protegiéndose bajo los tres palos. Con las defensas psicológicas en plena ebullición. Con el futuro comprometido.

Paulo Garcés, ese portero que siempre permaneció en un segundo plano. A la sombra de Justo Villar en Colo-Colo y de Claudio Bravo en la selección de Chile. Pero mucho antes que todo esto, haciendo historia. Defensor de los sueños de Universidad de Chile, Universidad Católica y finalmente de nuestro equipo. Campeón con los tres grandes. Con La Roja llamando a sus puertas.

Duro transitar el llevado a cabo por nuestro querido Paulo Garcés. Chocando con los quicios de la historia. Con las ventanas de la suplencia siempre asomando al vacio. Y llegó la fatalidad, esa que viene sin avisar, sin ser invitada. Maldita lesión que llegó en su hora buena. Adiós a una temporada y pérdida del estatus dentro del combinado nacional chileno.

Toca empezar de nuevo. Es hora de recomponer los pasos que se perdieron.  De restablecer el equilibrio emocional. De golpear con dureza a un futuro con tintes agridulces. Es momento de ponerse en pie. De olvidar el drama vivido. Es el instante de ese enorme abrazo que le mando en la distancia. De decirle que no está todo perdido. Que los paraísos emergen de igual manera que los infiernos desaparecen. Es tiempo de esperanza, de volver a volar e intentar regatear, aunque usted sea portero, las huellas que nos dejaron huella.

PUNTO Y FINAL

Hasta aquí mi columna de esta semana. Columna escrita con el corazón en la mano para rendir sincero homenaje a tres grandes personas y tres enormes porteros, más allá de la vinculación que uno de ellos tuvo con Colo-Colo y la participación que tienen los otros para con nuestro club.

Lo cierto es que tanto Claudio Bravo, como Justo Villar y Paulo Garcés representan a día de hoy lo que más quiero en este mundo llamado fútbol; la selección de Chile y Colo-Colo (el orden de los factores no altera el producto). Igual esta columna pueda que venga derivada por la admiración y respeto que tengo hacia los porteros de fútbol, pero que existe una mezcla de pasión y lealtad hacia estas dos instituciones, también.

FUERZA ALBA

*Columna dedicada a los campeones de Copa América Centenaria. Que la fiesta continúe y la sed de victoria nunca se apague