Estimad@s colocolin@s, en esta ocasión vamos a abordar las leyes que la historia del fútbol no ha podido dejar escritas, pero que forman una parte de eso que denominamos los misterios del fútbol, mostrándose enigmáticas, escurridizas y de difícil comprensión para todos y todas que seguimos el fútbol. Estas leyes son parte esencial de un juego que en ocasiones erosiona la lógica para hacerlo más grande si cabe. Son la leyes que no se pueden gobernar, sujetas al azar y que dan vida y fuerza a un deporte ya de por si envolvente.
Autor | José Luis Peña Follow @QuincyChile
Como es sabido, el fútbol (y todo el deporte en general), basa su estructura en la aplicación de una serie de normas y leyes a seguir escrupulosamente. De esta forma cualquier incidencia que se de en el terreno de juego se encontrará sometida a unos dictados y reglas ya preestablecidas y de obligado cumplimiento. Todo, o casi todo, se encuentra regulado de antemano. Se puede o no entender cuando se debe aplicar el fuera de juego; sabemos cuando se produce un fuera de banda, o como se genera un saque de esquina; de cuando una pena máxima es tal, a sabiendas que no toda falta cometida en tan sensibles zonas del campo como son las áreas no tiene porque ser castigado con penalti. Todo está marcado y perfectamente delimitado. Son las consignas que sirven para que un partido de fútbol pueda disputarse de la manera correcta y segura. Todo, absolutamente todo, tiene su por qué, su razón de ser, Cualquier jugada o incidencia tiene para sí sus correspondientes normativas. Otra cosa muy diferente es la interpretación que demos a lo presenciado ante tal o cual jugada.
Pero el fútbol, donde pareciera que todo está escrito, revisado y corregido, dispone de una serie de leyes que jamás se podrán hacer norma, que son un misterio que envuelven sueños, alegrías y tristezas, que ahogan cánticos o los impulsan al paroxismo. Son como un enorme jeroglífico que nunca se podrá desentrañar. O lo que es lo mismo, son las leyes que transgreden toda lógica, que juegan con la razón al juego del escondite y que convierten el fútbol en un gran puzle imposible de acabar; ni tan siquiera cuando termina el partido, dicho rompecabezas podría ser completado.
La primera regla no escrita que analizaremos es esa que nos dice: “El equipo que va buscando el empate acaba derrotado”. Y esto se pudo comprobar recientemente en el partido que enfrentó a Colo-Colo contra Melgar en el Monumental. Todas las crónicas del partido que pude revisionar me hablaban de un equipo peruano atrincherado atrás y que lo fiaba todo a esporádicos contragolpes o al envío de balones largos por si alguien lo cazaba y pillaba a la defensa colocolina despistada.
Pero este concepto de encerrarse en defensa, de no inquietar la meta rival, de destruir más que de construir tiene sus riesgos. Pero para ambos conjuntos. Para el equipo que lo aplica porque en función del contrario el partido se puede hacer eterno y, para el que se ofrece, el paso de los minutos sin marcar un gol tiende a elevar los niveles de ansiedad, y tod@s sabemos que la ansiedad no es buena compañera de viaje. La lógica indica que quien más expone, toma el dominio del partido y pone mayor ímpetu en pos de la victoria, finalmente se llevará el gato al agua. Pero no siempre es así. En no pocas ocasiones un equipo ultradefensivo y con las líneas bien conjuntadas consigue de esta manera mezquina arrancar un empate o incluso una victoria. Son esas cosas que convierten al fútbol en un carrusel de sensaciones y emociones que nos dejará insultantes de alegría o sumidos en la más profunda desazón preguntándonos, ¿cómo pudo ocurrir?
Vayamos ahora a introducirnos en otra de esas leyes que de vez en cuando consigue darle la vuelta a toda lógica. Viene a decirnos lo siguiente: “El equipo que perdona claras ocasiones de gol, termina por pagarlo caro”. La crónica de un partido así se podría resumir a modo de titular: < Dos postes y seis claras ocasiones manifiestas de gol no impiden una derrota dolorosa >. Por suerte, en ocasiones el fútbol aplica su particular justicia deportiva, esa que tanto cuesta asomar y que no entiende de lágrimas ni de corazones acelerados y que concede a quien buscó la victoria tan ansiado triunfo. Como todo en el fútbol, saldremos de dudas una vez suene el pitido final. Entonces, y solo entonces, nos cuestionaremos toda esa parafernalia de la supuesta justicia deportiva si al final no se consiguió el objetivo final, o alabaremos en engrandeceremos a la bendita suerte que se tuvo en el partido.
El fútbol es un cúmulo de circunstancias regido por sus propias normas y dictados. No tiene rigor histórico ni entiende de justicia ni injusticias. Todos sus mandamientos se centran en aspectos del juego y las reglas a seguir. Lo demás queda todo supeditado al azar, a la buena o mala suerte, a un penalti errado o acertado, a la calidad de quienes lo practican e incluso a los fallos en el arbitraje.
Para terminar me gustaría recordar aquella frase ya célebre que pronunció en su día Don Helenio Herrera ( Argentina, 1910 / Italia, 1977 ): “ Al fútbol se juega mejor con 10 que con 11”. Yo por si acaso siempre preferiré que quien se quede con un unos menos sea el equipo rival, siempre será una ventaja añadida, ¿o no?
FUERZA ALBA
















