DESDE ESPAÑA CON AMOR | Pequeño mosaico de maestros chilenos

Autor | José Luis Peña

Estimad@s colocolin@s y a todo ser extraterrestre que sigue semanalmente mis aventuras columnistas: es hora de hacer un sincero y entrañable homenaje a tres personas, que desde la distancia -en el más amplio sentido de la palabra-tanto física como cronológicamente, me marcaron y dejaron una profunda huella. Huellas que hoy en día siguen siendo un referente por las acciones que llevaron a cabo en vida y, que de una manera u otra tomo como aval en mi vivir diario.

Mis maestros chilenos, a los que nunca conoceré, puesto que hace mucho tiempo se instalaron en la eternidad, tienen nombres y apellidos y una obra que jamás será olvidada, así pasen mil diluvios y regresen los dinosaurios. Estos tres maestros son: Carlos Dittborn Pinto, Juan Pinto Durán y David Arellano Moraga. Puede que los dos primeros nombres no suenen mucho, sobre todo a las jóvenes generaciones, pero os aseguro, que desconocidos o no, son parte esencial delo que en esta vida aprendí y sigo aprendiendo. De la tercera persona que hago mención sobra todo comentario. Y más si se tiene el alma y el corazón cacique.

Suelo presumir de haber ido construyendo mi vida a base de escuchar, observar y escrutar cada palabra, obra y acción del que tiene en su poder la fuerza suficiente como para mover un sueño, fabricar de la nada algo que parecía imposible y conseguir, con su esfuerzo y sacrificio, dar la vuelta a la historia y convertirse en referente de la lucha sin cuartel contra el desánimo, la dejadez, la cobardía y la desidia.

Las tres personas mencionadas anteriormente cumplen con los requisitos para convertirse, por méritos propios, en mis maestros, atendiendo, no a sus vidas llevadas, de la cual se más bien poco, sino por la inmensa tarea realizada y cuyo legado se encuentra muy presente.

ESPÍRITU DEL 62

Es mi lema. Es el resumen de que en esta vida todo es posible. Que lo utópico, lo quimérico y lo que un día era un sueño se pueden hacer realidad. <Espíritu del 62> fue el título de mi primera columna. Con esta reseña intenté dar apoyo y ánimo al Colo-Colo en su nueva andadura por Copa Libertadores 2016. Y aunque luego la historia salió como salió, era preceptivo insuflar al cuadro albo toda la energía positiva que uno era capaz de transmitir.

Los responsables de que yo un día acuñase dicho término y lo tomase como una forma de superar los obstáculos que la vida nos propone, fueron Carlos Dittborn Pinto (16 de abril de 1924 / 28 de abril de 1962) y Juan Pinto Durán (13 de enero de 1913 / 03 de noviembre de 1957). Ambos fueron los artífices del mayor logro deportivo que Chile ha llevado a cabo en su historia, como fue la organización de la Copa Mundial de Fútbol de 1962. De la mano. Con un único sueño. Rompiendo tabúes, arañando esquinas, remando contra la lógica (nadie daba un peso por Chile y su capacidad para llevar acabo semejante evento), esquivando miedos, alisando pliegues, centrifugando pesimismos, anestesiando dudas y con el coraje suficiente como para movilizar a todo un país.

Entendieron que era la gran oportunidad de Chile para hacer historia. Fueron los mentores, ideólogos y promotores de ese espíritu rupturista con el aislamiento que tradicionalmente rodea al pueblo chileno. Y se pusieron ambos manos a la obra. Con nada que perder y mucho por ganar. Y fue precisamente durante el congreso de la FIFA llevado a cabo en Lisboa en 1956, donde se puso la primera piedra para lo que luego resultó ser uno de los mundiales más exitosos, en lo deportivo y en lo social de cuantos se habían llegado a disputar.

Carlos Dittborn Pinto y Juan Pinto Durán crearon un sueño donde antes tan solo existía el vacio. Desplegaron todo su talento para levantar un faro que pudiera verse desde cualquier rincón del mundo. Pusieron el buen nombre de Chile en lo más alto. Ambos reventaron las suspicacias nacidas por quienes consideraban que dicho país tenía las mismas posibilidades de hacer un muy buen mundial  de fútbol, como del reino de Tonga lanzar un hombre al espacio.

Perseverancia; afán de lucha sin desmayo, capaces de involucrar a todo un pueblo y un Gobierno en pos de algo impensado, no solo en Chile, sino en el mundo entero. Desafiando las corrientes adversas y certificando que todo proyecto que esté amasado con las dosis necesarias de energía y positivismo, puede ser ejecutado sin necesidad de mentir a nadie y creyendo fielmente que los principios de honestidad, trabajo, esfuerzo colectivo  y solidaridad darían sus frutos; frutos consistentes en levantar y construir en terreno abonado al fracaso.

Fueron capaces de dibujar un cuadro perfecto sin tener un lienzo donde pintar y trazar figuras sobre ese lienzo con unos primitivos pinceles. Dejaron sus vidas en el empeño. Tanto es así que ninguno de los dos pudo ver terminada su obra. Carlos Dittborn Pinto murió a los 38 años de una pancreatitis aguda, cuando faltaban 32 días para que comenzase el espectáculo, Por su parte, Juan Pinto Durán lo hizo tiempo antes, en 1957, desgracia de un accidente automovilístico.

Ironías de una vida cruel. A veces carente de lógica. Que dejó fuera de margen a quienes entregaron su cuerpo, alma y vida por hacer un Chile más grande, abierta al mudo y cosmopolita. Pero su obra, repleta de dificultades, de miles de trabas y con madre naturaleza golpeando fuerte a los chilenos con seísmos poquito antes de empezar el mundial, que apunto estuvieron de arruinar todo lo conseguido, aguantó sus prematuras muertes, los movimientos telúricos y convenciendo a todos los chilen@s que aquella estrella que estaban construyendo  era parte de un plan más ambicioso; modernizar y poner a Chile en el mapa. Sacarla del ostracismo y emprender un camino más abierto al mundo; juntos y unidos en la esperanza de poder bordear desiertos, escalar imponente montañas, circunnavegar un océano de aguas traicioneras, atravesar los confines australes y enseñar al mundo que Chile estaba más viva y vital que nunca.

Aprendí de Carlos Dittborn Pinto y Juan Pinto Durán que no existen barreras suficientemente altas que no puedan ser derribadas. De que un sueño se hace verdad a base de constancia, trabajo y perseverancia. Aprendí de estos dos hombres que toda pesadilla puede transformarse en un bonito cuento de hadas cuando la fe, el esfuerzo y el trabajo colectivo dominan nuestro caminar.

Descubrí que con la verdad la mentira no hace daño; que con la unión desinteresada y despejada de argucias, engaños e intereses todo es posible; que lo improbable se vuelva posible y que la noche se convierta en día. Sin trucos de magia ni chistera que mostrar. Sin vedette ni conejo. Sin barita mágica. Sin charlatanes que todo lo enredan ni trileros y compinches embaucadores de la esperanza.

Aprendí de Carlos Dittborn Pinto y Juan Pinto Durán que toda obra realizada con el corazón perdura a cuantas catástrofes pudieran sobrevenir. Este es el “Espíritu del 62”, el año que Chile pegó dos, tres, cuatro y hasta cinco pasos adelante con el fútbol como única arma.

ESPÍRITU ARELLANO

David Arellano Moraga (29 de julio de 1902 / 03 de mayo de 1927)

Mi otro maestro. Mi profesor. Mi gurú. El hombre al que su obra seguimos una legión y que nos atiende a tod@s bajo la impresionante herencia que nos dejó. Recuerdos de una rebeldía. Maneras de entender la vida. Con la lucha cargada a las espaldas. Iluminando sueños. Luchando con determinación en el anhelo por construir algo nuevo. Espíritu combativo. Con la sonrisa de quien es capaz de transformar la oscuridad en un precioso arco iris. Con valentía. Enfrentándose a futuros por decidir. Con decisión. Con ímpetu emprendedor. ¿Cómo no hacer de su figura y de su obra un modelo a seguir?

David Arellano Moraga, el hombre al que confié mis sueños. Con quien camino desde hace tiempo y que se encuentra presente en ese rincón del alma que todo lo vuelve sobrio, majestuoso y acogedor. Forjador de mis pensamientos; herrero de mi alma; artesano de mi corazón y ebanista de mis ideales.

A usted, Don David Arellano Moraga, cuya muerte es uno de esos errores que la vida tiende a cometer, quiero honrar su memoria y la obra que dejó en pie. Bajo su amparo nacimos. Su caminar es el nuestro. Su estela nos guía. Su recuerdo nos mantiene en pie y eso que no corren buenos tiempos para el Club Social y Deportico Colo-Colo, su inmensa obra que algunos se empeñan en borrar, en difuminar y evaporizar.

(Aprendiendo de su rebeldía)

Triste devenir de aquellos que violan el espíritu con el cual nació, creció y se desarrolló un proyecto nacido del corazón, bajo la batuta de Don David Arellano Moraga y un puñado de valientes pioneros. Nos quieren dominar, acallar y que nos comportemos como cual rebaño de ovejas. Tenemos infiltrados que no sienten los colores que un buen día dibujaron aquellos hombres fajadores, hechos de otra pasta. Quieren desteñir las esencias de lo creado en 1925 so pretexto de que son otros tiempos; que la vida cambia, gira y se arremolina como un torbellino.

Destruyen sin saber construir. Se aúpan a tronos que aplastan. Dan gritos en el silencio para ser escuchados. Entienden que su función consiste en alejar a las almas colocolinas de las tomas de decisión. Crean y fomentan hinchas de paja. Juegan a dirigir nuestros pasos. Se engrandecen y sacan pecho cuando las victorias asoman y se encogen en la derrota. Intentan destrozar nuestra ilusión con la fe ciega de quien se volvió insensible. Desean hacernos invisibles. Son la mediocridad. Se convirtieron en especuladores. Cimentaron el profundo valle en el que vivimos los fieles seguidores e hinchas de Colo-Colo. Pero deben saber que cada día transcurrido les recordaremos de dónde están ubicadas nuestras raíces.

IN MEMORIAM

Doy las gracias desde el corazón de la quietud a mis tres grandes maestros chilenos. No solo los tengo muy presentes, sino que con el paso del tiempo se convirtieron en un modelo de entender la vida. Desconozco si soy buen alumno, pero de excelentes profesores no me puedo quejar.

Con las enseñanzas de Don Carlos Dittborn Pinto, Don Juan Pinto Durán y nuestro “alma mater” Don David Arellano Moraga; de su lucha por saltar fronteras; sus deseos de fabricar mejores futuros y su templanza y valentía me quedé un día. Las agarré con fuerza. Las hice mías a sabiendas de su inmortalidad. Sueños imperecederos que nada ni nadie romperán. Obras que marcaron un antes y un después en la vida de Chile, en mi vida y en la de millones de chilenos.

Con Carlos Dittborn Pinto y Juan Pinto Durán, Chile ensanchó el universo; se hizo de los mares ríos y enseñaron al mundo que ese largo pero estrecho rincón del mundo, recostado hacia un lado y rodeado de la inmensidad de una naturaleza salvaje, impactante, seductora y peligrosa al mismo tiempo, era capaz de creer, crecer y de quitarse el olvido de encima.

Con David Arellano Moraga se abrieron nuevos cielos, nuevos amaneceres y nuevos horizontes. Plantó una semilla que no necesitó de invernaderos para extenderse y propagarse, incluso más allá de sus fronteras naturales. Esencia de Chile. Aires de rebeldía. Aromas de libertad. Con sabor propio y aprendiendo a ser únicos.

Gracias a mis tres maestros chilenos aprendí  que contra la lluvia no es necesario desplegar un paraguas. Que basta con pisar un charco y hacer del bordillo de la acera nuestro trampolín. Disfrutando como niños. Con la esperanza en la mochila. Certificando que los límites de los sueños carecen de cerrojos. Sin muros ni fosos. A campo descubierto. Creciendo con la fe de que todo puede reconvertirse. De que la vida, inmisericorde en ocasiones, siempre nos dará las oportunidades necesarias para salvar las dificultades impuestas. Con trabajo, sacrificio y dedicación. No renunciando a nada. Haciendo de los sueños un porvenir mejor. Creyendo en nuestras posibilidades.

Y nada mejor para despedirme que hacer un recordatorio de las palabras que un día pronunciara Don Carlos Dittborn Pinto y que sintetizan de cuanto os estoy diciendo: “Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo”.

FUERZA ALBA

*Columna dedicada a Rosa Eliana Villavic (@rosa_villavic) y su marido Pablo Párraguez (@Pabloparraguezo), que prosiguen en su lucha por alcanzar un bonito sueño. Que los postulados del “espíritu del 62” y las enseñanzas promovidas por David Arellano os acompañen.