DESDE ESPAÑA CON AMOR | Predicando en el desierto

Roberto Quintana Ramírez

Estimad@s colocolin@s y a cuantas personas se atreven a leer mis columnas semanales sin temor a que les de un síncope: esta semana toca abordar el tema de la violencia en el fútbol, algo de lo que desgraciadamente no nos podemos desprender y que de vez en cuando renace y tiñe el mundo del fútbol de tristeza y pesadumbre.

No voy a hacer una historia de los capítulos más lamentables que a lo largo de la historia han surgido en este nuestro querido deporte, pero si expresar el tremendo daño que bandas – más o menos organizadas – de pseudohinchas causaron, causan y, lamentablemente causarán cuando ponen en marcha toda esa maquinaria de odio y enfrentamiento en pos de unos colores que dicen ser suyos y de nadie más.

UNA LOCURA MUY CERCANA

Da igual el nombre que les apliquemos; hooligan, ultras, torcida o barras bravas; o que se les conozca con nombres propios, tales como Ultra Sur, Boixos Nois, Frente Atlético, Ligallos. Riazor Blues… (Todos ellos ligados al fútbol español más sucio y asqueroso que te puedas imaginar). Y todos estos grupos y muchos más bajo el amparo y auspicio de los propios clubes, dejándoles estancias dentro de los propios estadios para guardar y almacenar sus “juguetes” bélicos (pancartas ofensivas con predominio de simbología neonazi, bengalas, bates de beisbol, etc.) o facilitándoles entradas a los partidos de fútbol en la mayoría de los casos totalmente gratis, en desprecio del buen socio que paga religiosamente su entrada y/o abono, o dándose el caso también de pagarles hasta los viajes. A día de hoy toda esta locura parece haber desaparecido de los estadios españoles, pero si algo tiene todo este movimiento que promueve el odio, el enfrentamiento y la guerra sin cuartel, es que pareciendo un asunto larvado y controlado rebrota y vuelve a surgir cuando menos te lo esperas. Y cada vez que esto sucede los niveles de violencia aumentan, dándose la paradoja de una disminución en la cuantía de los individuos que intervienen. Estos repuntes llevan consigo que tanto las autoridades deportivas como los estamentos policiales y los encargados de velar por la seguridad en los estadios se encuentren en perpetua vigilancia.

NIVELES DE VIOLENCIA

No solo los grupos violentos forman parte de esta vorágine de destrucción y desolación, si bien son las cabezas visibles y los brazos ejecutores de consignas que en la gran mayoría les vienen dadas desde instancias superiores. Los niveles de violencia que se generan en el mundo del fútbol tiene muchas ramificaciones, pudiéndose comparar con un monstruo de varias cabezas que buscan y alientan un fin común; honrar al precio que sea unos colores que hicieron suyos y sólo suyos.

Esta bestia se alimenta de muchas formas y maneras; desde las declaraciones de ciertos entrenadores y jugadores días antes incluso de la disputa de un encuentro con discursos incendiarios, provocadores y que predisponen al personal a citarse con el rencor y la aversión; la estupidez de ciertos dirigentes de fútbol que en vez de dirigir los designios de su club como mandan los cánones, se dedican más a fomentar viejas disputas y crear atmósferas contaminadas de resentimientos, de odios y animadversión; o el papel destacado de ciertos medios de comunicación en toda esta historia, donde se muestran titulares explosivos y cargados de mala fe o discursos repletos de inquina y rabia, todos ellos barriobajeros e insultantes que alientan, animan y predisponen a la gran batalla final.

CONSECUENCIAS

Una de las principales consecuencias de toda esta basura (no encuentro otro calificativo más ajustado a mi forma de penar y sentir) es la marcha de los estadios de los buenos hinchas o de la desaparición del ambiente familiar que se suele constituir al acudir a un campo de fútbol. El temor a reyertas o enfrentamientos, a recibir insultos o verse involucrado en unos hechos violentos hace retraerse a las buenas personas que habitan el mundo del fútbol. Da igual denominarlos hinchas, socios, aficionados, simpatizantes… pero lo cierto es que despueblan las gradas y dejan de acudir para alentar a su equipo.

Los violentos, los que hacen detener un partido porque cinco, seis o siete idiotas se encaraman a una valla o prenden unas bengalas como quien maneja un encendedor o quedan para darse de golpes y destrozar cuanto encuentran en el camino, parecieran haber ganado la batalla.

No deja de ser paradójico y desconcertante que a medida que estos subgrupos logran echar al aficionado de los estadios, consigan al mismo tiempo que quienes acuden a alentar y animar a su equipo tengan que pasar por auténticas penalidades, convirtiendo la entrada en el recinto en un martirio. Esto lo estamos viviendo en el propio Monumental David Arellano (disculpen que me incluya, ya que también lo considero mi casa, en la distancia, pero mi casa, a fin de cuentas), siendo innumerables las quejas y protestas por lo vivido. Acudir a tú estadio y sentir que si respiras más fuerte de lo normal te pueden sacudir un mamporro o empotrarte contra una pared para registrarte o demorar tú entrada hasta agotar la paciencia, no es plato de buen gusto. A esto las autoridades pertinentes le llaman efectos colaterales para salvaguardar el orden y la paz. Yo diría – si me lo permiten – que en realidad lo que hacen con todo este actuar es echar más madera a una hoguera a punto de prender.

REFLEXIONES

Tratar al buen socio como si de un delincuente en potencia se tratase es la mejor manera de que a la larga los estadios se vacíen. Los violentos, aquellos que adquirieron el rol de ser los únicos representantes válidos de nuestros clubes y que periódicamente asaltan y secuestran el buen nombre de una institución que es tod@s, no pueden salirse con la suya. Es tarea de cada uno de nosotr@s luchar, en la medida de nuestras posibilidades, contra esta lacra que asola y arroja al cementerio nuestro cariño y amor por unos colores que realmente sí sentimos nuestros sin necesidad alguna de crear, fomentar y expandir odio, rencor y rabia.

Tú, hincha de la “U”, seas cruzado o parte de la masa social de O’Higgins, Palestino, Unión Española o de cualquier otro equipo chileno, te digo en voz alta y con el corazón en la mano que no eres mi enemigo a batir. Que te quiero junto a mí en el estadio, usted animando a los suyos y yo haciendo lo mismo con los míos. En paz y armonía, disfrutando de un buen ambiente donde las agresiones y los malos rollos se queden escondidos más allá del horizonte. Os miro como personas que sois, padres, madres, hijos, hermanos; sabiendo que tienen corazón y sentimientos y que en el fondo son como cualquiera de nosotr@s, que respiran por su familia y amistades, que se levantan todos los días a un trabajo (pega) y se desloman por sacar adelante una vida dura y compleja.

Entre tod@s podemos revertir el drama que los violentos y energúmenos de turno crean a nuestro alrededor. Para conseguirlo debemos estar unidos, sabiendo en todo momento calibrar nuestras emociones y aprendiendo a respetar a la otra afición; afición, que por otra parte, siente por sus colores lo mismo que siento yo por los míos. Uno solo no puede conseguirlo, pero sé que somos legión los que sinceramente queremos desactivar la violencia de los estadios, desarticular el odio y la mentira y estructurar comportamientos racionales y de señorío, donde las bases se sustenten en el respeto y la amistad.
Pertenezcas al equipo que pertenezcas te necesito junto a mi, porque sin ti yo no soy nada. Te necesito para engrandecer este fútbol que no lo están aplastando y arruinando. Necesito que apoyes y animes a tus colores de igual manera que hago yo con mis propios colores.

Convirtámonos en los mejores arquitectos del mundo creando espacios para el disfrute y la concordia. Entre tod@s podemos conseguirlo.

No quisiera que este discurso cayera en saco roto ni se convirtiera en papel mojado. Predicar en el desierto suele traer consigo que nadie te escuche y tus buenas intenciones se las lleve el viento.

Apliquemos el sentido común, humanicemos a esos corazones de piedra y luchemos por conquistar de nuevo nuestro lugar en el mundo del fútbol.

FUERZA ALBA

*Esta columna está dedicada a Andrés Recasens Salvo (Temuco, 1939), antropólogo social de la Universidad de Chile, autor del trabajo “Diagnóstico antropológico de las Barras Bravas y de la violencia ligada al fútbol” (1996). En 1999 sale a la luz una versión corregida y aumentada de este trabajo. Desde el 11 de julio de 2014 es Profesor Honorario de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.