DESDE ESPAÑA CON AMOR | Preguntas para un funeral

Autor | José Luis Peña

A todas las almas caciques y corazones albos; a los que usan las letras para mostrar el devenir diario de nuestro equipo; para todas esas personas que saborean otros aromas y a quienes no pueden vivir sin leer de forma semanal mis columnas: en esta ocasión toca hacerse preguntas cuyas respuestas, como reflejara el maestro Bob Dylan en el tema titulado <Blowing In The Wind>, están en el viento.

¿Qué esperar cuando un equipo se encuentra lejos de los objetivos marcados?
La angustia que supone para un equipo grande (Colo-Colo lo es) verse a las primeras de cambio con la gran mayoría de sus objetivos al borde del colapso, supone un contratiempo importante pero no irreversible. El mundo del fútbol es una constante montaña rusa, como he dicho en muchas ocasiones. Y en casos como el presentado por Colo-Colo se tiende a ensayar una especie de funeral por adelantado.

La historia de este deporte está plagada de historias imposibles, de remontadas, de hundimientos, de estancamientos, de pasos lógicos, de pactos con el futuro cuando el presente se muestra sin diálogo y de ascensiones fulgurantes por unos meses al que siguen desplomes catastróficos.

Colo-Colo, tras cinco partidos disputados en este torneo Apertura 2016 y, siendo éste un campeonato corto que aumentan los niveles de ansiedad, pareciera haber perdido el rumbo de manera irreparable. La impaciencia se instaló tanto en el equipo como en gran parte de la masa social que abraza el ideario de nuestro maestro Don David Arellano.

Tal vez sea debido a que tengo un amplio recorrido en esta vida y conozco algunos de los resortes por el que se mueve el impredecible mundo del fútbol, suelo ser prudente a la hora de valorar futuros imperfectos.

No soy persona que abrace la euforia ni el derrotismo. Me casé con la prudencia para buscar un equilibrio que elimine los extremos. Vivir asomado a los abismos trae consigo el riesgo de precipitarnos al vacio. Habitar los límites de la gloria exaltada viene a significar que las posibles caídas se conviertan en una auténtica debacle. Uno no ama más a Colo-Colo por vivir al borde del infarto. Esta actitud desgarradora nos hace inestables, que vivamos la victoria de manera desaforada y la derrota traspasando las líneas rojas de la rabia.

Después de conquistar 4 puntos sobre 15 posibles y transcurridos un tercio de campeonato, lo lógico, lo normal y lo coherente es pensar en negro. Pero sin extremismos. Sería engañarnos a nosotros mismos negar la mayor: Colo-Colo frustró en 5 pasos un recorrido que se tornó cuesta arriba. Pero el fútbol no entiende de presentes sin antes no atropellar futuros que parecían decididos.

Se espera una reacción tanto del equipo técnico como de los jugadores. Si se sobreviene un cambio a favor (en juego, resultados, actitudes) bienvenido sea. Si por el contrario la dinámica se mantiene firme en doblar ilusiones es hora de reflexionar y aguantar el chaparrón como buenamente podamos.

¿Dónde estamos?

Ahora mismo en un entierro prematuro por como se están dando las circunstancias. Circunstancias que se basan en hechos reales, eso si. Salvo casos excepciones, el diablo que maneja los hilos del fútbol tiene a bien no engañar a nadie. Estamos donde estamos por méritos propios. Colo-Colo se encuentra ahora mismo en el antepenúltimo lugar de la tabla clasificatoria por dos razones obvias: una, otros conjuntos lo están haciendo mejor y, dos, lo estamos haciendo horrorosamente mal. De perogrullo pero inconquistable.

Toca por tanto asumir que la huerta no nos está dando los frutos deseados. La solución no compete a los hinchas. Somos meros corazones que observan lo que más queremos sabiendo que no tenemos responsabilidad alguna en haber regado a destiempo un huerto que se presumía magnífico.

Colo-Colo está mal, es evidente. Algo no funciona. Ni entrenador ni jugadores encontraron las teclas que hagan sonar el piano. Todo desafina. Y ya metidos en términos musicales, permítanme un juego de palabras: el cacique, en vez de ofrecernos una actuación repleta de de luces y sonido, lo que nos está representando es un concierto con cierto aire de desconcierto.

Colo-Colo no ocupa la decimocuarta posición entre 16 equipos por casualidad. No existen escusas extradeportivas en las que hurgar para justificar un puesto que creíamos desterrado de nuestras vidas. Ni tan siquiera podemos apelar a la sempiterna coletilla de que los árbitros nos desfavorecieron. Somos tan grandes que no necesitamos autoengañarnos.

Mal que nos pese, las almas colocolinas tendemos a ser sinceros cuando las derrotas tiñen el presente. Una cosa es no engañarse y otra muy distinta no portar la rebeldía que Don David Arellano nos legó. Al estar la afición libre de culpa por lo que está sucediendo lo anormal sería no chillar. En qué dirección dirijamos nuestro dolor ya depende de cada uno.

No hay mucho donde escoger a la hora de lanzar nuestras quejas. El abanico donde estampar la firma en el libro de reclamaciones se reduce a cuatro instancias: directorio, concesionaria, jugadores o entrenador. Cada socio, cada hincha escoge el objeto que estima es el culpable de la actual situación. Unas veces de forma visceral. Otras de manera más pausada y reposada. Pero siempre ahí. En medio de un torbellino que no nos podemos quitar de en medio.

¿Qué nos queda?

En el ámbito meramente deportivo y dada las diferencias marcadas cabría presumir que una travesía del desierto. Es de esperar una reacción en bloque del equipo. Cuando digo en bloque me refiero a una implicación mayor de cuerpo técnico y jugadores. No estaría mal que retrasasen el sepelio. Los hinchas por norma, en situaciones como esta, siempre apelamos a la esperanza de que la rueda de la desgracia cambie de giro.

La tercera pata de este entramado corresponde al directorio, pero conociendo las limitaciones que los representantes del CSD Colo-Colo tienen no cabe esperar gran cosa. Alguna que otra protesta pero procurando molestar lo mínimo.

Otro cantar es la toma de decisiones que la concesionaria ByN pueda ejercer. Leí hace poco que el ínclito Aníbal Mosa (después de unas cuantas columnas, le vuelvo a nombrar) respaldaba a Pablo Guede. En un principio sus palabras me parecieron las correctas pero, en base a mi experiencia debo reconocer que toda palabra dada por un dirigente deportivo se tiende a diluir como azucarillo en el agua. Lo que hoy es azul mañana se vuelve gris. Cantos de sirenas para seguidores sordos que se pasan los días, los meses y los años diciendo amén.

Mientras esperamos ese golpe de timón que todo dirigente tiende a dar, los aficionados que llevamos el indio en el pecho navegamos por aguas turbulentas. A medio camino entre la agonía y la esperanza. Con la incredulidad de ver a Colo-Colo sumido en las cloacas de la clasificación y le sempiterna ilusión de verlo nuevamente en las alturas. Bajo el peso del drama que no cede un ápice su descolchado camino y auspiciados por esa esperanza que recorre paisajes ennegrecidos.

Lo que nos queda es puro sufrimiento. Cada partido, a partir de ahora, se puede convertir en toda una tortura para los sentimientos si las cosas no cambian. El diagnóstico pudiera mejorar si tras el parón de las fechas FIFA el equipo retorna a la senda de la victoria o se percibiera una mejoría en las prestaciones de los que están en cancha.

En momentos como estos, en el cual el equilibrio resbaló de la cuerda, es cuando debemos mostrar más que nunca el apego, el cariño y el amor que sentimos por nuestros colores. Nunca es hora de desertar y menos aún en circunstancias tan negativas.

Nos necesitan. Tienen que escuchar nuestro grito de ánimo y esperanza. Deben sentir el aliento de quienes nunca desfallecemos. Porque una cosa tengo clara. Tan clara como el agua de arrollo nada más brotar: a la victoria se apunta cualquiera; con la derrota huyen los interesados y permanecemos quienes un día juramos en silencio que Colo-Colo es nuestro hogar.

FUERZA ALBA