DESDE ESPAÑA CON AMOR | La eterna noche de Maracaná

Autor | José Luis Peña

Estimad@s colocolin@s y a todas aquellas personas que insisten, una y otra vez, en leerme sin importarles las consecuencias que ello pudiera originarles: esta va a ser una columna un tanto peculiar, de difícil catalogación, severa y complicada, de reconciliación final o de imposibilidad absoluta de desprenderme de los demonios que me queman desde hace mucho tiempo. Os juro que no sé el final de este trabajo ni cual será mi disposición de ánimo para cuando termine esta nueva entrega.

No me resulta fácil ni cómodo lo que a continuación pretendo narraros. Ni tan siquiera sé si hago o no lo correcto, pero me veo en la obligación de abriros mi corazón de par en par, para que luego ustedes juzguen si lo escrito y plasmado por mi persona se ajusta a una vendetta o a la incapacidad de perdonar unos acontecimientos que sucedieron en la ya lejana noche del 03 de septiembre de 1989.

Todo surgió durante la noche (madrugada para mi) en la que mi querida Selección Nacional de Chile se jugaba el pase al Mundial de Italia’ 1990, a una sola carta contra la toda poderosa Brasil de Taffarel, Bebeto y compañía, dentro de ese monumento al fútbol llamado Estadio Maracaná.

Y el protagonista del antagonismo, de mi odio, de mi rencor y de la inquina que todavía llevo dentro (muy dentro), tiene nombre y apellidos y que corresponde a un personaje al que jamás pude perdonar y, que a día de hoy, transcurridos cerca de 27 años, sigo sin poder hacerlo. Esta persona atiende al nombre de Roberto “Cóndor” Rojas, portero de la selección chilena en aquél encuentro en Brasil.

Quisiera ser lo más justo y leal posible y poderme ceñir fielmente a los sucesos que pude contemplar y el daño posterior que la verdad ocasionó en mi. Para ello necesito de toda la tranquilidad mental posible y establecer con ustedes una sinceridad total, fuera de dramatismos baratos, donde dejar a un lado lo banal y superfluo de una historia que me dejó huella.

 

EL CONTEXTO

Hagan, por favor, un pequeño ejercicio mental consistente en ponerse en mi lugar, analizando fríamente el contexto en que se fraguó esta eterna historia de desamor que todavía perdura.

No recuerdo bien la hora, pero si que era de madrugada. Por cuestiones que se me escapan en aquella ocasión en España les dio por retransmitir el transcendental partido Brasil-Chile, valedero para la clasificación de la Copa Mundial a disputar en Italia en 1990. Eran tiempos donde no había celulares, ni Internet, ni Google, ni Facebook. Nada, absolutamente nada. Dependíamos en España de las noticias que la prensa deportiva nos ofrecía pero con el agravante de que Chile no era Brasil, Argentina ni Uruguay. El olvido total. Chile no parecía existir en el mapa, al igual que sucedía con Colombia, Bolivia, Perú, Paraguay, Ecuador y Venezuela. De vez en cuando alguna noticia sobre la Copa América (cuando se disputaba) y las menciones obligadas a las fases de clasificación para algún mundial dentro de la CONMEBOL. Poca cosa. Información escueta, concentrada y para de contar.

Me las ingenié para seguir el camino de Chile en su tortuoso trasiego para conquistar una de las plazas otorgadas a Sudamérica. Luego la TV de nuestro país nos regaló la posibilidad de presenciar -como un regalo caído del cielo- el crucial choque entre brasileños y chilenos. Y en ello me puse, sabiendo de las dificultades de conseguir el triunfo.

 

EMPIEZA LA ETERNA NOCHE

Bien avanzada la noche. Con los ojos como platos. Deseando que el milagro tomase forma. Con el volumen de la televisión bajo mínimos para no perturbar el sueño de mi familia ni vecinos. Paredes de papel. Silencio en la calle. A pleno susurro en casa. Plantado delante de la caja tonta viendo como las esperanzas permanecían intactas trascurridos los primeros 45 minutos.

Llegó el descanso. Hora de comer algo. De hacer un pis. Con el silenciador puesto. De puntillas. Pisando aire. Solo en la inmensidad que la distancia impone. Hacía buena noche. Ventanas abiertas. Asomándome mientras volvían a conectar y mirando de reojo el televisor, no fuera cuestión de que empezara el segundo tiempo y yo sin enterarme. Y el balón echó a rodar. Y pronto, muy pronto, las cosas se torcieron. Gol de Brasil. Chile necesitaba apelar a la heroica.

En Maracaná. Contra Brasil. Contra sus propios fantasmas y los miedos que no se pudieron eliminar tras el magnífico mundial de 1962 celebrado en Chile.

Y el horror estalló de golpe. Corría el minuto 67 de partido (este dato lo tuve que revisar para confeccionar esta columna). Vi la bengala salir del graderío a través de una repetición. Vi como nuestro portero se desplomaba. Vi correr a todo Chile hacia el lugar donde estaba tendido Roberto Rojas. Confusión. Un drama vivido en tiempo real. Sin cortes publicitarios. Con rostros desencajados. Con una cámara nerviosa que intentaba abarcar cuanto sucedía y un locutor español tan desconcertado como yo.

La retransmisión se alargó hasta que alguien avisó que el seleccionado chileno se retiraba de la cancha de juego. Con dudas. Con el miedo en mi cara y con la promesa del responsable de retransmitir el partido de que nos seguiría informando.

Recuerdo vagamente que me levanté de la silla. Desenchufé la televisión. Cerré las ventanas y que en silencio, sobrecogido por lo presenciado, me metí en la cama pensando que habían matado a Roberto Rojas. Imposible conciliar el sueño. Tumbado, con las manos la nuca, mirando el techo y dando vueltas y vueltas a cuanto había sucedido.

Y así pasaron las horas. Escuchando los informativos de la radio. Encendiendo el televisor por si decían algo. Ese día sabía que los periódicos no informarían de nada. Tocaba esperar. No sé del tiempo que transcurrió hasta que me enteré que Roberto Rojas se encontraba con vida, ni del medio por el cual me enteré, pero respiré tranquilo al saber de su no gravedad.

Lo que vino a continuación, a cuentas gotas, con informaciones contradictorias, plagadas de supuestos y con el rumor como antesala de la noticia, como pueden imaginar, me destrozó. No quería creerlo. Revisaba cada noticia en los periódicos una, dos, tres veces, hasta que pasado el tiempo se confirmó el escándalo. No había vuelta de hoja. Era cierto cuanto se insinuaba. Fin de un sueño y comienzo de una pesadilla. Para Chile, para mi y cuantos vivimos aquella humillación.

 

UN DÍA JURÉ…

Un día juré no perdónate, Roberto Rojas, por todo el mal causado. Renegué de usted con la intención de olvidarme de su existencia. Pero los recuerdos de aquella noche se volvieron perennes. Insidiosos. Nació el odio, el rencor, la animadversión más virulenta que usted se pueda imaginar. Quise borrarle pero no pude. Siempre sucedía algo que de forma inmediata despertaba en mí ese chip que todo lo guarda, lo almacena y que un buen día decide darse un paseo por los recuerdos.

La conquista de la Copa Libertadores de 1991 por parte de Colo-Colo, rezando para que a nuestro guardameta Daniel Morón no se cruzasen los cables; el subcampeonato conseguido en la Copa Intercontinental de ese mismo año; la final perdida en la disputa de la Recopa Sudamericana de 1992 o la conquista de la Copa Interamericana también en el 92 (todo ello con Morón defendiendo la zamarra alba); los octavos de final alcanzados en el Mundial de Francia’ 1998 con Nelson Tapia en la portería; la obtención de la medalla de bronce en los JJ.OO de Sídney’ 2000, de nuevo con Nelson Tapia bajo los palos; la llegada a la Real Sociedad de San Sebastián de un desconocido Claudio Bravo allá por el año 2006, año en el que con Sebastián Cejas de arquero, Colo-Colo se plantó en la gran final de Copa Sudamericana para perderla en el exilio del Estadio Nacional; o con Claudio Bravo como protagonista de los mundiales de Sudáfrica’ 2010 y Brasil’ 2014, amén de la conquista de la Copa América Chile’ 2015.

A cada logro, a cada paso dado por Colo-Colo y La Roja (la auténtica, la de todos), la que usted, Don Roberto Rojas, en compañía de otros, destrozó, humilló y arrinconó en la historia, surgía en mi el doloroso recuerdo de una noche de verano que me resultaba y me sigue resultando imposible olvidar.

El día que juré que jamás le perdonaría no era consciente de la eterna noche que se me venía encima. Cada vez que nuestro querido y amado Colo-Colo asomaba en la historia y por cada alegría y tristeza proporcionada por el combinado chileno, los recuerdos de una muerte prematura; de un dolor en la distancia y los reflejos de una incertidumbre inundan mi mente, haciendo que mi pensamiento se traslade a aquel escenario que ojalá no hubiese presenciado.

Han pasado los años y el dolor sigue presente. Quiero combatirlo. Sé que toda esta especie de trauma no tiene sentido. Que tarde o temprano llegará el tiempo del perdón, de la reconciliación emocional y afectiva con alguien con quien jamás tuve contacto alguno y que dudo se produzca el acercamiento, puesto que Chile y mi amado Colo-Colo me siguen pillando lejos a pesar de que ahora, gracias a las nuevas tecnologías, estén más cerca que nunca.

Y toda esta especie de catarsis a la que me estoy sometiendo; a esta manera de quemar pensamientos con el fin de restañar viejas heridas emocionales, espero cumplan su fin. Tal vez con todas estas palabras lo esté consiguiendo. Puede que se trate de un paso adelante para perdonar y ocultar esta especie de fantasma que me acosa de forma ciclotímica.

Es mi deseo acabar con este odio, con esta sinrazón de la que soy consciente no hay razón de ser. Deseo cerrar cicatrices surgidas en el silencio de la desesperación; engrandecidas y ensanchadas por la soledad de quien no quiso mirar y vio. Cicatrices con jerarquía. Dominadoras. Grabadas a fuego. Que resucitan, se apagan y vuelven a nacer. Cicatrices con vida propia que el tiempo no difumina. Huellas del pasado inscritas en roca dura que intento triturar.

Don Roberto Rojas, de poder lograrlo no estoy seguro, pero esta columna es un paso. Un respiro. Un deshago. No quiero proseguir en esta carrera. Con casi 55 años por cumplir estimo que ya es hora de perdonar, de romper mi particular juramento y de entender de una vez por todas que aquella locura es parte de un pasado que no debe inmiscuirse en mi presente.

Yo, que le creí muerto; que me alegré de su resurrección; que le vi transitar hacia los infiernos; que quise enterrarlo en vida bajo toneladas de rencor y con la ira y la rabia como estandarte, deseo decirle que todo no acabó. Que la cólera se arraigó muy fuerte en mí. Que no me suelta. Que no es fácil desprenderse de lo que el tiempo no fue capaz de curar. Pero que lucho por conquistar ese espacio en mi pensamiento y liberarme de esta pesada carga que es maldecir a alguien cada vez que el pasado asoma en el presente.

Es mi deseo, Don Roberto Rojas, alias “Cóndor”, que la vida le vaya bien. Que la cruz que usted carga se haga más liviana, menos pesada. Yo, por mi parte, intentaré hacer un camino menos agresivo para con usted. Olvidar me es imposible. Entender lo que sucedió, menos aún. Perdonarle no creo que lo consiga pero al menos suavizaré mi aptitud hacia usted. Algo es algo.

Intuyo que me quedé a medio camino de mis propósitos, en esa especie de tierra de nadie donde ni brilla el sol ni se asoma la luna. Con una brecha profunda imposible de saltar. Al vaivén de ese remolino que todo lo engulle. A salto de mata. Con los recuerdos a cuestas y un final reconciliador esquivo, silencioso y persistente.

Me despido recordando que en tiempos fue usted un icono de Colo-Colo. Desconozco si esta especie de misiva dirigida a mi mismo le llegará o no. Me trae sin cuidado. Pero quiero enviarle desde la distancia mis bendiciones y cerrar, como es mi costumbre, mis columnas con ese potente grito de:
#FUERZA ALBA (Un amor que nada ni nadie destruirá).

*Columna dedicada a Saldrach Abarzua (@SadracH), columnista de @SomosChileRadio, que bajo la firma “TALXCUAL” publicó hace poco un trabajo titulado <Mi Libertadores>, que dio pie al nacimiento de este mi trabajo.