REQUIEM EN QUILICURA
Autor | José Luis Peña Follow @QuincyChile
Estimado@s colocolin@s y cuantas personas siguen mis columnas semanales, hoy nos vamos de funeral. No, no me puse tétrico y no es una cuestión que me agrade en demasía, pero considero justo y necesario rendir un homenaje a unos deportistas desconocidos, que lucharon y se dejaron la piel por unos colores y en cuyo pecho lucían el indio que nos identifica. Me estoy refiriendo a la muerte, entierro y sepultura de la rama de baloncesto del CSD Colo-Colo.
Si la semana pasada expuse los parabienes que sobrevenían al adentrarse y formar parte de la “Galaxia Colo-Colo”, en esta ocasión toca mirar el reverso de la moneda. Es cierto que tomo como referencia que nunca existió, ni existe, ni existirá una sociedad perfecta; libre de dolores, dramas y llantos. Es el devenir de la condición humana a lo largo de su existencia. Cualquier tipo de sociedad construida, por muy justos y solidarios con que estén forjados sus cimientos, siempre tropezará con grietas y malformaciones. Delirios de grandeza, ansias de poder, de riqueza, de dominación, afán especulador, el no respeto hacia los más débiles o la presión ejercida a las minorías, entre otros factores, determinarán que el camino a construir se vuelva largo y laborioso.
Toda sociedad necesita de utopías para seguir avanzando y no quedarse enquistada mirándose el ombligo, la manera más directa de autodestruirse, de apagar sueños y reventar sentimientos, Y el conglomerado de pasiones que forman, crean y moldean la “Galaxia Colo-Colo” no iba a ser menos. También tenemos nuestros propios agujeros negros, esos que se tragan la luz y amenazan con devorarnos a cuantos vivimos en ella. Todo se vuelve quimérico cuando nos enfrentamos a una cruda realidad y, la desintegración del Colo-Colo Básquetbol es parte de ese drama que supone saber que no todo es perfecto.
Una vez comprendido y asimilado que lo sublime, lo excelso y lo ideal nos pueden ser arrancados de cuajo, es hora de meditar y reflexionar, pero también de poner el grito en el cielo si fuese necesario (por algo heredamos el empuje y la fuerza del cacique) o, como en este mi caso, rendir un profundo y sentido tributo a personas que tal no vea jamás, pero que durante un periodo muy corto de mi vida me hicieron vibrar y emocionar hasta límites por mi inimaginables.
Mi trayecto con los hombres que defendieron en su día la camiseta cestera alba fue exiguo, demasiado, diría yo. Este pensamiento viene determinado por el presente actual que estamos viviendo, puesto que no era mi intención que dicho viaje durase lo que tarda en darse un suspiro. Hago mío el pesar y el dolor de esa minoría de colocolin@s que disfrutaban, gozaban, sufrían y animaban a una pléyade de jugadores casi anónimos que se dejaron la piel y el alma por nuestros colores.
Esta especie de homenaje tiene nombres propios, empezando por Gabriel Schamberger (DT) y siguiendo por esa casta de bravos guerreros que fueron Ramón Gatica, Mauricio Rivero, Sebastián Fuentes, Matías Villagrán, Evandro Arteaga, Ronald Contreras, Jorge y Fernando Schuler, Claudio Soto, Erik Carrasco y nuestro querido Eduardo Marechal, que se dejó medio brazo en la cancha de juego en un lance desgraciado y fortuito cuando defendía a nuestro equipo. ¿Cómo olvidarles? Imposible.
Como es imposible olvidar aquel 14 de septiembre de 2015 tras la conquista en Puerto Varas de la Copa de Chile ante el Tinguiririca (86-89), o de aquella Liga Sudamericana de Clubes disputada en el Gimnasio Municipal de Quilicura entre los días 13-15 de octubre, también del año pasado y, en especial, el encuentro último disputado contra el equipo argentino de Quilmes, al que se llegaba con un balance de un partido ganado (se venció al conjunto uruguayo de Atenas por 92-89) y otro perdido contra el conjunto brasileño de UniCEUB (79-69).
El Colo-Colo Básquetbol se lo jugaba todo a una carta en aquel último partido. Era ganar o quedar fuera de la competición. Salió cruz y se perdió con un contundente 73-96. Adiós a un sueño, pero al menos este fracaso fue producto de la competición y no auspiciado por la desgana, desidia e irresponsabilidad de quienes dejaron morir este proyecto. Luego vino la liga, donde se multiplicaron los problemas (deportivos e institucionales) y no se consiguió acceder a la ronda final por el título. Hasta hoy, donde damos entierro y sepultura a unos sentimientos que creo fueron deliberadamente sesgados.
Soy lo suficientemente prudente como para no nombrar a los responsables de esta mancha a modo de nebulosa que cubre nuestra galaxia (más por falta de información que otra cosa), aunque sus nombres sobrevuelan nuestras cabezas.
A ellos, a quienes frustraron unos sueños, destruyeron unas ilusiones, sacrificaron unos ideales de entrega, garra y lucha, silenciaron un futuro y arrinconaron esperanzas por tener una caja registradora en vez de un corazón, a ellos…que la historia les perdone porque yo no puedo.
Romper, quebrar, rasgar, deshacer, aniquilar, doblar, torcer, retorcer, derrumbar, pisotear, destruir, derruir, devastar, derribar y demoler lo que con tanto esfuerzo y sacrificio se levantó es tarea fácil para quienes ven la vida como un puro negocio. Los hombres, los verdaderos, son aquellos que construyen y edifican sueños donde antes no había ni pesadillas; los que siembran en tierra estéril; los que convierten desiertos en vergeles y los que forjan sueños imposibles de realizar. Matar un espíritu puede resultar sencillo, puesto que es más fácil destruir que construir, de hay que lo complicado viene cuando desde la nada, el anonimato, el silencio y mirando el mundo en minoría se intenta crear y expandir una idea, un proyecto, una ilusión.
Con Colo-Colo Básquetbol se tomó el camino más sencillo. Se le dejó morir porque para alguien era una molestia y un incordio que no generaba beneficios. Si se pensaron que no nos íbamos a poner en pie y gritar, pensaron mal. Siempre habrá alguien que les recuerde lo que hicieron, o mejor dicho, lo que no hicieron, por salvar una pequeña parte de esta gran institución llamada Colo-Colo.
FUERZA ALBA

