La confirmación llegó y terminó con semanas de expectativa: la Copa Libertadores Femenina 2026 no se jugará en Chile. La CONMEBOL oficializó a Ecuador como país sede del torneo continental, descartando definitivamente la opción que durante meses se instaló como posibilidad real desde el fútbol chileno y particularmente desde el entorno de Colo-Colo Femenino.
La noticia no solo tiene impacto deportivo, sino también estructural. Chile buscaba albergar el torneo como una señal de consolidación del crecimiento del fútbol femenino, especialmente tras el posicionamiento internacional que han logrado las albas en los últimos años. Organizar la copa implicaba visibilidad, inversión, infraestructura y una oportunidad concreta para fortalecer una liga que todavía pelea por estabilidad competitiva y apoyo institucional.
Desde lo deportivo, el escenario cambia. Jugar una Libertadores en casa podía transformarse en una ventaja estratégica para los clubes chilenos, tanto en rendimiento como en convocatoria. Ahora, el desafío vuelve a ser el de siempre: competir fuera del país, con mayores costos logísticos y en contextos donde otras federaciones llevan años invirtiendo de forma más sostenida en el desarrollo femenino.
La decisión también abre una discusión incómoda pero necesaria: mientras el nivel competitivo de equipos como Colo-Colo sigue creciendo, el avance estructural del fútbol femenino chileno aún no logra traducirse en peso político dentro de Sudamérica. La ilusión de una Libertadores en Chile evidenciaba ambición; su pérdida vuelve a recordar las brechas que todavía existen entre el discurso de impulso y las condiciones reales para sostenerlo.
















