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Detesto esta época del año.
Hay una parte de mí que pierde el sentido cuando no hay fútbol. Es una lata pasar de tener una cercanía tan profunda, de vibrar con tantas ganas con el equipo al que uno ama y que de repente todo se congele. Es justo y necesario que los jugadores tomen vacaciones y encima todos los torneos deben terminar, pero es una época bien latera. Una época de soledad.
Encima de todo esto, hay que bancarse el minuto a minuto de todos aquellos que se juran alumbrados/infiltrados/dateados y empiezan a inventar cosas sobre quién llega y quién se va. Un franco desastre, sin mencionar el abuso del recurso del «yo lo dije primero» como para dorar un poco el ego. Triste.
Que se vaya quien se quiera/tenga/pueda ir. Que llegue quien quiera/pueda/desee llegar. Me da lo mismo a estas alturas. Lo que el Cacique necesita es otra cosa.
Colo-Colo necesita bañarse del espíritu que lo ha caracterizado siempre y que creo que ha dejado de lado. Necesitamos que todos se unan bajo la bandera blanca que nos mueve a tantos. Necesitamos que cada uno de nuestros pasos esté afirmado por una unidad de equipo y una convicción de éxito que trascienda la ya tan manoseada jerarquía. Necesitamos alguien que nos una en torno al objetivo único que hace que Colo-Colo exista: así lo quiso David y tantos otros que entendieron esta idea y que, a veces con mucho y a veces con muy, muy poco, le trajeron al club la gloria que se merece.
Todo el resto: palabrería. Espero que los que se quedan, partiendo por el Coto Sierra, y los que llegarán, dediquen gran parte de sus vacaciones a revestirse con el fin único que el Cacique tiene y tendrá toda su vida: la gloria eterna.
Sigamos aburriéndonos… Que pase luego el tiempo.