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El año 2004 el Cacique buscaba levantarse luego de la dolorosa quiebra y buscaba volver a levantar la copa, que no levantaba desde el 2002. El elegido para conducir la cabina técnica del equipo fue Ricardo Mariano Dabrowski, otrora gloria de la Copa Libertadores, el «Polaco» no llegaba solo, llegaba con una pléyade de estrellas emergentes. Marcelo Andrés Verón era el prometedor atacante que prometía venir a demostrar su calidad y hacerse un nombre. Esta es la historia de como logró… todo lo contrario.
La búsqueda de un entrenador siempre está basada en cuestiones diversas. Que sea un gran estratega, que sienta la camiseta del club, que tenga un ojo clínico para elegir los refuerzos. El año 2004 el síndico Patricio Jamarne, que guiaba los destinos del equipo más popular del país desde el decreto de quiebra, comunicaba que el sucesor de Jaime Pizarro iba a ser otro ídolo del equipo campeón de América, Ricardo Mariano Dabrowski.
El «Polaco» llegaba a la banca alba con la necesidad de sortear la fase de Pre-Copa Libertadores ante el poderoso Quilmes de Argentina. Para titánica labor acercó a la dirigencia los nombres de los 4 pilares fundamentales de su «nuevo Colo-Colo». El pilar de ataque no era otro que Marcelo Andrés Verón, jugador nacido de la cantera de Gimnasia y Esgrima de La Plata, aunque su debut en primera división lo hizo en el Platense de la B nacional trasandina.
Cualquier jugador cuyo apodo sea un animal que destaca por su ferocidad y salvajismo no puede ser malo, decían los hinchas. Aunque luego, con el estreno de la película «El Espantatiburones» ese mismo año, quedo claro que el novel atacante pertenecía a esa especie de tiburones que simplemente no mordía a nadie.
El prometedor atacante contaba con pasos por equipos poderosos de países con larga tradición futbolera como Honduras (Platense 2000-01) y Túnez (Stade Tunisia; 2 partidos), y otras verdaderas potencias como Inglaterra (York 2002, 1 partido), México (Cobras de México 2002, 12 partidos) y España (Cartagonova y Ceuta 2003).

En Colo-Colo llegaba con prometedoras palabras, recogidas por la extinta radio W, «Estoy acá para hacer lo mejor. Me muevo por todo el frente del ataque y me es indiferente jugar en cualquier sector cerca del área». El sector que más transitó durante el año fue el que comprende la tribuna preferencial y la banca de suplentes. Jugando solamente 12 veces y rompiendo todas las marcas con, apenas, dos goles.
Una vez desahuciado por el mismo técnico que lo pidió, al año siguiente volvió a España para desplegar su talento en el Novelda de aquel país. Jugó nueve partidos y no convirtió goles. El fútbol de la península parecía quedarle chico a este animal del gol, por lo que decidió ir a una liga que estuviera más acorde a su inconmensurable talento. El equipo que eligió para deslumbrar fue el Suchitepequez de Guatemala, en donde termino de sepultar su carrera. Volvió a su país para hacer una prueba en el poderoso Olimpo de Bahía Blanca, en donde el técnico Leonardo Madelón le entregó el consejo que debieron darle en sus inicios… colgar los botines para siempre.
Tozudo como todos los grandes, volvió a jugar al año siguiente, para retirarse en grande en el gran equipo de Defensores de Villa Ramallo de la tercera categoría del fútbol trasandino, evidentemente con un escaso éxito.
















